Los salmos de este mes, a la luz de la resurrección de Jesús y del triunfo de la vida sobre los poderes de la muerte, nos recuerdan realidades que no podemos soslayar. Los sufrimientos diarios pueden sobrellevarse a partir de la memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros, como pueblo y como individuos (Salmo 77). En las grandes crisis nacionales, el Señor está con su pueblo como refugio seguro (Salmo 48). Si es cierto que los jueces humanos se venden al mejor postor, y la justicia parece ausente de nuestros pueblos, tenemos la esperanza de que Dios juzgará a quienes juzgan en la tierra (Salmo 82). Y cuando desesperamos ante la soberbia y la prepotencia de quienes gobiernan el mundo, la palabra profética nos da una firme esperanza de que tales personas serán desarraigadas de la tierra (Salmo 52). Así, cultivamos la esperanza recordando que la vida tiene la última palabra. Jesús, el Mesías, ha vencido, y con él somos más que vencedores.