Evangelio de mateo en el calendario litúrgico cristiano
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August 19, 2026

Jesús le enseña a sus discípulos que el sufrimiento y la muerte son inevitables y que son el camino a la vida plena (Mt 16:21-28). La iglesia está llamada a ser una nueva humanidad donde la reconciliación es práctica cotidiana e intencional (18:15-20) y el perdón es ilimitado entre sus miembros (18:21-35). Además, la iglesia es una comunidad de iguales, donde todos sus miembros tienen los mismos derechos y privilegios (20:1-16).

Vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario: Lo que cuesta seguir a Jesús (Mateo 16:21-28)

Iniciamos este mes tomados de la mano de Mateo. Con él vamos a explorar juntos pasajes cruciales sobre el viaje final de Jesús de Galilea a Jerusalén, donde habría de ser sentenciado a muerte.

Nuestro pasaje marca el inicio de la tercera gran división del Evangelio. Mateo organiza su Evangelio como una serie de tres principiosEl primero va de 1:1 a 4:16 que presenta las credenciales e identidad de Jesús, el Mesías, como un nuevo principio“Libro del génesis de Jesús...”. Luego, en 4:17, Mateo usa una frase, “Desde entonces comenzó Jesús…”,  para presentar así su ministerio de enseñanza y milagros. Y, en nuestro pasaje, Mateo repite las mismas palabras del segundo principio: “Desde entonces comenzó Jesús…”. 

Así introduce el tema de su tercer y último bloque: Jesús instruye a sus discípulos sobre sus padecimientos, muerte y resurrección. Este tema que iniciamos hoy será como una sombra de tormenta que acompañará a Jesús y a sus discípulos hasta sus días finales. Si para los discípulos la confesión de Pedro (16:13-20) de que “Jesús era el Mesías, el Hijo del Dios viviente”, era ocasión de celebrar y anticipar días gloriosos de triunfo, Jesús corrige esas expectativas y les revela que van a entrar al reino de las tinieblas y que se les vienen encima días de rechazo, sufrimiento y muerte. Luego, vendrá la resurrección.

  1. La inevitabilidad delviaje final a Jerusalén: designio divino

Desde entonces comenzó Jesús a advertir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los maestros de la ley, y que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara (Mateo 16:21).

El pasaje subraya con una palabra la urgencia e inevitabilidad del viaje a Jerusalén: “Tenía que…” (es necesario RV60). Jesús les advierte a sus discípulos que tiene que ir a la ciudad santa y que allí iba a sufrir muchas cosas de parte de los líderes religiosos de Israel y, como culminación, su muerte. Después de tres días, Jesús añadió, resucitaría. Esto último no se quedó en la mente y los corazones de los discípulos. Era una lección tan dura que Jesús la reiteró a sus discípulos en un lapso breve de tiempo (17:22-23; 20:17-19, y otras de sus enseñanzas que implicaban su muerte y sufrimientos, por ejemplo, 21:33-46, la parábola de los labradores asesinos).

  1. La evitabilidad del sufrimiento y muerte: tentación satánica

 Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo:
—¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás!
Jesús se volvió y le dijo a Pedro:
—¡Aléjate de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios sino en las de los hombres (Mateo 16:22-23).

La reprensión de Pedro es natural y hasta bien intencionada, en apariencia. Todas y todos lo hubiéramos hecho. ¿Cómo es posible que Jesús esté dispuesto a sufrir y morir? Eso va en contra de las expectativas de sus discípulos y del pueblo entero.

Pero la respuesta de Jesús es severa. Jesús advierte la tentación satánica y es él quien reprende a Pedro. Lo que Pedro, en realidad Satanás, sugiere es un tropiezo, un obstáculo en el camino.

Jesús reitera la inevitabilidad de su llamado y alerta a Pedro, y a nosotros y nosotras a pensar las realidades humanas en otro plano, el de Dios y sus propósitos, aunque a menudo son difíciles de asimilar. Jesús mismo lucharía contra ello en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mt 26:39).

  1. La inevitabilidad del sufrimiento e incluso muerte de los discípulos

Luego dijo Jesús a sus discípulos:

—Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.  Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida?  Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho. Les aseguro que algunos de los aquí presentes no sufrirán la muerte sin antes haber visto al Hijo del hombre llegar en su reino (Mateo 16:24-28).

El discipulado y seguimiento de Jesús incluyen el rechazo y el sufrimiento (ver Mt 5:10-12 y cap. 10). Jesús se lo dijo y repitió a sus discípulos. En el contexto de su propio padecimiento y muerte inminente, ahora lo reitera. Y la reprensión a Pedro debe ahora ser una lección para todos y todas.

Es necesario negarse a sí mismo y tomar su cruzes decir, estar dispuesto a morir. No hay opción de seguir la ruta planteada por Pedro (la tentación satánica). Hay que estar dispuestos a perder la vidaLa presencia y tarea de las y los discípulos encontrará siempre oposición, a menudo violenta (ver, por ejemplo, Filipenses y 1 Pedro).

Al final, Jesús añade un estímulo, la promesa de que él mismo les recompensará en el juicio de acuerdo con sus acciones. Incluso, algunos de sus discípulos tendrán un adelanto de la gloria de Jesús y su reino. Lo cual se refiere a la transfiguración que se narra de inmediato en el capítulo 17.

A manera de conclusión, necesitamos reflexionar sobre el evangelio barato que se enseña en muchas iglesias de prosperidad y carencia de sufrimientos por seguir a Jesús. No es lo que encontramos en los Evangelios y en el resto del Nuevo Testamento. 

El seguimiento de Jesús es costoso. La fidelidad a su mensaje y la congruencia ética a sus demandas, por lo general, acarrean oposición y rechazo. Y, en algunos contextos, sufrimiento y muerte. Pero la presencia, el poder y las promesas de Jesús nos sostienen en los momentos más oscuros. Que Dios nos ayude a serle fieles.   

Himno para este día: Recomendamos el himno número 605, “Toma tu cruz” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario: Vivir la reconciliación en la comunidad cristiana (Mateo 18:15-20)

En su vía crucis a Jerusalén, Jesús dedicó sus energías y su tiempo a instruir a sus discípulos y discípulas sobre cuestiones fundamentales para su vida en comunidad. Jesús había ya iniciado la formación de una nueva nación, la iglesia (Mt 16:18 y 18:17), y dicha comunidad, para mantenerse firme debía cultivar prácticas sanadoras para su vida juntos.

En su cuarto gran discurso a sus discípulos (cap. 18), Jesús se concentra en enseñarles acerca de actitudes que se han de eliminar y prácticas que se deben cultivar. Ante las tendencias de superioridad y dominio sobre los demás (vv. 1-5), Jesús les llama a cultivar la humildad (recordemos las bienaventuranzas 5:3, 5), encarnada e ilustrada por Jesús mismo (11:29). Además, las y los discípulos han de evitar ser tropiezo y escándalo para la familia de la fe, y les recuerda la seriedad de tales acciones y la manera drástica en la que se deben autodisciplinar (vv. 6-9). También es necesario desarraigar actitudes y conductas de menosprecio a los que son parte de la iglesia (vv. 10-14). Todas y todos son indispensables, y se debe imitar al buen pastor, que busca incansablemente a las ovejas descarriadas. Y, finalmente, Jesús instruye a su comunidad sagrada a vivir la reconciliación, que implica el reconocimiento de nuestras carencias y ofensas mutuas (vv. 15-20). Y, en ese contexto de disciplina y restauración, el perdón, modelado en el perdón de Dios a nosotros y nosotras, ha de ser normativo en nuestras relaciones comunitarias (vv. 21-35).

Consideremos los vv. 15-20 de esta enseñanza capital:

  1. Pasos para restaurar una relación dañada

Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero si no, lleva contigo a uno o dos más, para que “todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos”.  Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado (Mateo 18:15-17). 

Estos versículos plantean un modelo orientado hacia la reconciliación y el perdón. Por sí mismo, implica que la reconciliación no es solo algo que deben practicar dos personas. Es una práctica que involucra a toda la comunidad de fe, tanto en la ofensa como en la restauración. Ambas les afectan a todas y todos.

Ante un hecho común, las ofensas mutuas, es indispensable iniciar un proceso sanador y restaurador de llamado a cuentas. Hacerse de la vista gorda daña al que ha pecado y también a la comunidad. De hecho, hay manuscritos antiguos que omiten las palabras “contra ti” y así abren el horizonte del texto a pecados que no necesariamente son directos hacia una persona, muy parecido a Gálatas 6:1-5.

El primer paso para seguir es la discreción. No se comunica la falta a otros de inmediato. Se habla a solas con el ofensor, ayudándole a reconocer su falta. Si lo hace, la persona que lo confronta ha ganado a su hermano o hermanaEs un triunfo real, pues la relación se restaura. 

Si al principio del pasaje Jesús había descrito a quienes son tropiezo para otros y otras, o que les menosprecian y se despreocupan de su bienestar, en estos versículos muestra lo contrario a esas actitudes y prescribe una actitud que busca el bienestar y la restauración de quienes ofenden y dañan la vida en comunidad.

Un segundo paso se ha de implementar cuando la persona ofensora se niega a reconocer su falta. Será necesario confrontarlo con su pecado delante de una o dos personas de la iglesia. Ese era un principio antiguo, desde los días de Moisés (Dt 19:15), que involucraba al menos a dos o tres personas. Si se diera el caso de que la persona se niega a reconocer su pecado, entonces se debe dar un paso más. 

El tercer y último paso es público. La falta se presenta ante toda la comunidad-iglesia, y, si aun así la persona no reconoce su ofensa, entonces será considerada como los que no pertenecen a la comunidad de fe, la RV60 dice: “tenle por gentil y publicano” (v. 17), que es una traducción literal, ya que en aquellos días ni los no judíos (gentiles) ni los cobradores de impuestos o publicanos eran admitidos en el templo. La NVI lo actualiza y dice: “trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado”.

  1. Respaldo divino a nuestras medidas terapéuticas 

“Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 18:18).

Cuando Jesús le da a Pedro las llaves del reino (16:19), le dice que “todo lo que él atare en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatare en la tierra será desatado en los cielos”. Las palabras “atar” y “desatar” en el lenguaje rabínico de aquellos días se refería a lo que era permitido o no, a acoger o no hacerlo. Por eso, la TLA lo traduce como “permitir” y “prohibir”.  

Lo que se debe destacar es que tanto en el capítulo 16, con Pedro, como en este capítulo 18, donde las mismas palabras se repiten, pero ahora aplicadas a la iglesia, las decisiones tomadas por la comunidad, aquí en la tierra, tienen el respaldo y aval de Dios. Esa es una autoridad enorme y una responsabilidad seria. En los pasos hacia la restauración y sanidad del pecador, el último paso lo da Dios. Las medidas tomadas por la iglesia como comunidad terapéutica, aun si llega al paso público de considerar a una persona como foránea o incrédula, de cerrarle las puertas y excluirlo de la comunidad, tendrán el respaldo de Dios. Jesús dice: les aseguro que así será.

Además les digo que si dos de ustedes en la tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por mi Padre que está en el cielo.  Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18:19-20).

La Iglesia es la comunidad de Emanuel, Dios con nosotros, y por ello su armonía y unidad son honradas por Dios. Así, cuando están de acuerdo y piden en oración la misma cosa, el Padre se las concede. 

La razón última es la presencia de Jesús, Dios con nosotros, en medio de su comunidad, por pequeña que sea. 

Así pues, aun en las situaciones más delicadas y penosas de la vida en comunidad, como sería el caso de una hermana o hermano que ofende a otro discípulo, las decisiones que se tomen en busca del bien de la persona que ha pecado se realizan con la plena conciencia de la presencia de Jesús entre ellas y ellos. Y es el Señor quien respalda sus decisiones. 

Este pasaje se ha de tomar con suma responsabilidad en nuestras iglesias, ya que es fácil abusar de él y apelar a sus palabras para justificar decisiones arbitrarias y abusos de autoridad. Como consideramos al principio, el valor central de todo el capítulo 18 es el cuidado, aprecio y humildad ante el hermano o hermana. Dios valora enormemente a cada uno de los miembros de su iglesia, aun los que parecen insignificantes, y quiere que así lo hagamos en la vida cotidiana de la comunidad cristiana. Los pasos disciplinarios tienen como meta final “ganar al hermano o hermana que ha pecado”. Si así lo hacemos, honraremos a Dios y Dios honrará nuestras decisiones.         

Himno para este día: Recomendamos el himno número 271, “Donde hay amor y caridad” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario: Perdonar como Dios nos perdona (Mateo 18:21-35)

 El énfasis del pasaje de la semana pasada se pone en el ofensor, en la persona que ha pecado contra otra. Este pasaje subraya la responsabilidad de la persona ofendida, de los recursos que tiene para perdonar y cómo el perdón debe ser moneda corriente en la comunidad cristiana, que es una comunidad que se ha formado gracias al perdón que todas y todos han recibido de Dios. 

  1. La necesidad de perdonar una y otra vez, siempre

 Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: 
—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? 
—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces—le contestó Jesús— (Mateo 18:21-22). 

Jesús acababa de hablar de la necesidad de perdonar a la persona que nos ofende y así “ganar al hermano”. Pedro, de inmediato, le pregunta a Jesús cuál es el límite del perdón. Pareciera que, al decir “siete veces” estaba extendiendo, humanamente hablando, ese límite.

La respuesta de Jesús es sorprendente y parecería exagerada: “hasta setenta y siete veces”. Es decir, el perdón no tiene límites. Como dice la TLA: “Hay que perdonarlo una y otra vez; es decir, siempre”. 

  1. El perdón ilimitado de Dios es nuestro modelo para perdonarnos mutuamente

Por eso el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía miles y miles de monedas de oro. Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda.  El siervo se postró delante de él. “Tenga paciencia conmigo—le rogó—, y se lo pagaré todo”. El señor se compadeció de su siervo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad 

Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!”, le exigió. Su compañero se postró delante de él. “Ten paciencia conmigo—le rogó—, y te lo pagaré”.  Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Cuando los demás siervos vieron lo ocurrido, se entristecieron mucho y fueron a contarle a su señor todo lo que había sucedido. Entonces el señor mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado!—le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?”. Y enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía. 

Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano (Mateo 18:23-35). 

La parábola de Jesús es clara y elocuente. La persona ofendida siempre debe tener presente que las deudas que se le han perdonado son enormes. Esa experiencia debe ayudarle a mostrar a sus deudores la misma actitud perdonadora que ella misma experimentó de parte de Dios. 

Algunos detalles de la parábola que valen la pena recalcar. El primero es la cantidad estratosférica del primer deudor: “diez mil talentos”, es decir, que si se traduce a términos actuales, una persona que recibe el salario mínimo tendría que trabajar 60 millones de días para pagar esa deuda, algo que es imposible.

El contraste con el segundo deudor es notable. Este debía 100 denarios. Un denario era lo que ganaba un trabajador por un día de trabajo. Cien denarios era una deuda considerable, el salario de 100 días. Pero, comparado con la primera deuda, es insignificante.

Otro detalle interesante es el ruego de ambos deudores (vv. 26, 29), que es idéntico. Lo que es diferente es la respuesta de ambos personajes ante ese ruego. 

La clave es la misericordia o compasión que era de esperarse en el segundo caso:  “¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” 

Al final, Jesús interpreta la parábola con estas palabras, que son un eco del Padre nuestro: Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mt 18:35). Perdonar de corazón, en forma genuina, es lo que se espera de quienes nos llamamos discípulos de Jesús. 

Somos una comunidad, la iglesia, que ha sido perdonada ampliamente por Dios. Hemos experimentado la gratuidad de su amor, su misericordia, de manera constante. Por ello, tenemos una enorme motivación y capacidad de perdón a quienes nos ofenden. Debemos aprender, como hijos e hijas, a imitar a Dios Padre en su buena disposición a perdonar. 

“Perdona el mal que hacemos, así como nosotros perdonamos a los que nos hacen mal” (Mateo 6:12, TLA).

Himno para este día: Recomendamos el himno número 504, “Nos enseñaste a perdonar” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario: Todas y todos tenemos la misma recompensa en el reino de Dios (Mateo 20:1-16)

Esta parábola se presenta en Mateo como corolario del pasaje del joven rico (19:16-30). Situación que Jesús usa para dejar en claro que quienes le siguen deben estar dispuestos a pagar el costo del discipulado. Conlleva la renuncia de aquello que en la sociedad se considera fundamental, el dinero y la familia. Termina el pasaje con la afirmación de que “muchos de los primeros serán últimos, y muchos de los últimos serán primeros” (19:30).

 La parábola de hoy explica lo que Jesús quiso decir:

  1. El llamado a servir en el reino

Así mismo el reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar obreros para su viñedo.  Acordó darles la paga de un día de trabajo y los envió a su viñedo.  Cerca de las nueve de la mañana, salió y vio a otros que estaban desocupados en la plaza. Les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar en mi viñedo, y les pagaré lo que sea justo”.  Así que fueron. Salió de nuevo a eso del mediodía y a la media tarde, e hizo lo mismo.  Alrededor de las cinco de la tarde, salió y encontró a otros más que estaban sin trabajo. Les preguntó: “¿Por qué han estado aquí desocupados todo el día?”, “Porque nadie nos ha contratado”, contestaron. Él les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar en mi viñedo” (Mateo 20:1-7).

 La situación descrita en la parábola era común en aquellos días. En nuestros países también vemos a trabajadores en lugares apropiados esperando que los contraten ese día. El dueño del viñedo sale a buscar obreros y en la madrugada contrata por un denario (el pago diario) a un grupo de trabajadores. 

 Tres horas más tarde, contrata a otro grupo, y tres horas después, al mediodía, contrata a otro grupo de obreros. Finalmente, una hora antes de terminar el día laboral contrató a otro grupo de desocupados.

  1. El pago a los obreros muestra la generosidad del Señor del viñedo

Al atardecer, el dueño del viñedo le ordenó a su capataz: “Llama a los obreros y págales su jornal, comenzando por los últimos contratados hasta llegar a los primeros”. Se presentaron los obreros que habían sido contratados cerca de las cinco de la tarde, y cada uno recibió la paga de un día. Por eso cuando llegaron los que fueron contratados primero, esperaban que recibirían más. Pero cada uno de ellos recibió también la paga de un día.  Al recibirla, comenzaron a murmurar contra el propietario. “Estos que fueron los últimos en ser contratados trabajaron una sola hora—dijeron—, y usted los ha tratado como a nosotros que hemos soportado el peso del trabajo y el calor del día”. Pero él le contestó a uno de ellos: “Amigo, no estoy cometiendo ninguna injusticia contigo. ¿Acaso no aceptaste trabajar por esa paga? Tómala y vete. Quiero darle al último obrero contratado lo mismo que te di a ti. ¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia de que yo sea generoso?”. 

Así que los últimos serán primeros, y los primeros, últimos (Mateo 20:8-16).

A la hora del pago, los últimos reciben un denario por una hora de trabajo. Los demás esperaban recibir más, puesto que trabajaron muchas horas más. Pero todos reciben lo mismo.

Las protestas no se hicieron esperar: “Estos que fueron los últimos en ser contratados trabajaron una sola hora—dijeron—, y usted los ha tratado como a nosotros que hemos soportado el peso del trabajo y el calor del día”.

El dueño del viñedo les deja ver que no ha cometido una injusticia con ellos porque habían acordado desde el principio la paga de un denario. Pero él, en su generosidad quiere darle a los últimos la misma paga y pregunta: “ ¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia de que yo sea generoso?”.

Así pues, se establece que el Señor es soberano y tiene el derecho de hacer lo que quiera con su dinero. 

La lección es contundente. En su contexto original, hablaba a los judíos cristianos cuya nación por siglos había buscado y servido a Dios. Podían pensar que ellos tenían más derechos y privilegios que los gentiles que recién se habían incorporado al reino de Dios.

Jesús deja claro que la gratuidad y bondad de Dios no hacen diferencia. En su reino, todas y todos son iguales y conviven en un ambiente de igualdad sin diferencias de clase o raza. Dios, en su gracia, dará la misma recompensa a Pedro, que desde un principio dejó todo para seguir a Jesús, y al ladrón que al final de su vida reconoció a Jesús como Señor (Lc 23:40-43). 

En nuestras iglesias es común que miembros fundadores de la iglesia se sientan con mayores derechos que los recién convertidos. A menudo encontramos esas actitudes en las iglesias, por esas u otras razones, económicas, sociales o políticas. La gracia de Dios, sin embargo, nos hace a todas y todos iguales. Necesitamos asimilar esta lección y hacerla una realidad en nuestras comunidades. 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 413, “De raza, cuna y nación” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.