Psalm 85 © 2003 John August Swanson Trust

Psalm 85 © 2003 John August Swanson Trust

Published on
May 18, 2026

Los salmos para este mes de primer tiempo ordinario, a la luz de la resurrección y de la victoria del Dios de la vida sobre los poderes de la muerte, ponen de relieve su cuidado y amor profundos e intensos sobre nuestro diario andar en el mundo. Estos se manifiestan en su inescrutable e íntimo conocimiento de nuestro ser y vida (Salmo 139); su reinado como creador del universo y su fidelidad y justicia a favor de las y los oprimidos nos llaman a imitarlo en su amor a los desposeídos (Salmo 146). Además, contamos con su bendición diaria y la intercesión de su pueblo que nos sostienen en el camino de la vida (Salmo 20). Y, al ser testigos de la barbarie y la aniquilación que se han impuesto en nuestro mundo, rogamos que el Señor intervenga de una vez por todas y detenga el derramamiento de sangre inocente que presenciamos hoy (Salmo 9). Así, experimentamos el poder de la resurrección del Señor y participamos de sus sufrimientos (Filipenses 3:10) al transitar los caminos de la vida.   

Noveno domingo del tiempo ordinario: Salmo 139:1-6, 13-18, 23-24

Indudablemente, el Salmo 139 es uno de los salmos más hermosos. Su carácter sapiencial es notable y nos envuelve en una de las introspecciones más íntimas y necesarias para nuestro diario andar. El salmo nos ofrece una meditación intensa y extensa sobre la manera en que Dios vela por nosotros cotidianamente, cuando aún estábamos en el seno materno y durante todos los días de nuestra vida. 

1 Señor, tú me examinas, 

tú me conoces. 

 

2 Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; 

aun a la distancia me lees el pensamiento. 

3 Mis trajines y descansos los conoces; 

todos mis caminos te son familiares. 

 

4 No me llega aún la palabra a la lengua 

cuando tú, Señor, ya la sabes toda. 

5 Tu protección me envuelve por completo; 

me cubres con la palma de tu mano. 

 

6 Conocimiento tan maravilloso rebasa mi comprensión; 

tan sublime es que no puedo entenderlo. 

 

Abre el salmo con una declaración que representa el sentir de todo su contenido: Yahvé me examina en profundidad, sondea mi intimidad, me conoce. A continuación, explica las dimensiones de tal conocimiento por medio de imágenes que, al aludir a extremos o polos, abarcan la totalidad (merismo). 

Dios conoce cuándo me siento y cuándo me levanto. Mis acciones no le son desconocidas. Luego pasa a la intimidad: “aun a la distancia me lees el pensamiento” (v. 2). Dios discierne desde lejos lo más íntimo de nuestro ser, sabe lo que pensamos. No es solo una lectura del lenguaje corporal; es una compenetración en lo profundo de nuestro ser.  

El Señor conoce mis trajines y descansos. Sabe de nuestros afanes diarios, así como de nuestros tiempos de descanso. Nuevamente, con esta polaridad incluye la totalidad de nuestro diario batallar, los altibajos, afanes, treguas y reposo. La línea siguiente lo confirma: “todos mis caminos te son familiares” (v. 3). Nada de nuestro diario ajetreo le es ajeno a Dios. Luego, ahonda en la idea anterior, que “Dios lee a la distancia nuestro pensamiento” (v. 2): “No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, Señor, ya la sabes toda” (v. 4). Aun antes de expresar lo que pensamos, el Señor ya lo sabe en su totalidad. Sin duda, es una noción que sobrecoge, pero en el salmo se declara con una nota positiva. Dios me conoce a fondo. 

Otra polaridad o merismo ahonda en la imagen de la cercanía de Dios, ahora como una 

metáfora de protección: “Detrás y delante me rodeaste” (RV60). La cercanía e inmediatez de Dios nos sobrecoge y consuela a la vez. Esto remata con la realidad de la protección del Señor: “me cubres con la palma de tu mano”.    

 

Tal conocimiento va más allá de toda comprensión humana. El salmista lo experimenta e intuye, pero escapa a su comprensión: “ Conocimiento tan maravilloso rebasa mi comprensión; tan sublime es que no puedo entenderlo” (v. 6). 

Saber que Dios está cercano, que nos protege y conoce en lo íntimo, produce un humilde reconocimiento de nuestra enorme limitación y de su vasta sapiencia. A su vez, tal intuición solo nos puede llevar a la doxología, a confesar nuestra ignorancia ante tal misterio que, sin embargo, produce adoración.  

Como dice la última estrofa del himno “¡Señor, yo te conozco!”:  

 

¿Quién ante ti parece? ¿Quién es en tu presencia 

más que una arista seca que el aire va a romper? 

Tus ojos son el día, tu soplo la existencia; 

tu alfombra el firmamento, la eternidad tu ser. 

 

¡Señor yo te conozco! Mi corazón te adora; 

mi espíritu de hinojos ante tus pies está. 

Pero mi lengua calla, porque mi lengua ignora 

los cánticos que llegan al grande Jehová.

También podemos oír los ecos del Salmo 139:6 en las palabras doxológicas de Pablo en Romanos 11:33-36: 

 ¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! 
¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! ¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero a Dios, para que luego Dios le pague? Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén. 

En la mitad del Salmo 139 encontramos otra expresión, con énfasis en lo temporal, que nos impresiona, como al salmista, por su alcance y hondura.

13 Tú creaste mis entrañas; 

me formaste en el vientre de mi madre. 

14 ¡Te alabo porque soy una creación admirable! 

¡Tus obras son maravillosas, 

y esto lo sé muy bien! 

Dios dirige y efectúa el milagro de la gestación, el surgimiento de la vida humana, de mi propia vida. Usando una imagen artesanal, se representa a Dios como el que teje y borda nuestro ser en el vientre materno.

Ello produce la alabanza y el reconocimiento de la admirable y maravillosa creación de Dios al darnos vida. El surgimiento de la vida produce doxología.

15 Mis huesos no te fueron desconocidos 

cuando en lo más recóndito era yo formado, 

cuando en lo más profundo de la tierra 

era yo entretejido. 

Ya desde el seno materno y en el proceso de desarrollo, Yahvé conocía cada parte de nuestro cuerpo, como los huesos. Luego se hace una equivalencia entre el seno de la madre y el seno de la tierra: “cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido”. Ello, porque el ser humano, Adán, proviene de la tierra (hebreo: Adamah). Esta es una profunda intuición con respecto a la madre tierra, nuestra fuente de vida.  

16 Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: 

todo estaba ya escrito en tu libro; 

todos mis días se estaban diseñando, 

aunque no existía uno solo de ellos. 

Dios ya era testigo, desde nuestra gestación, de nuestro cuerpo en desarrollo. Y ya tomaba notas de nuestra vida aun antes de iniciarla en este mundo. Ya nuestro destino empezaba a tomar forma en el libro de Dios. 

17 ¡Cuán preciosos, oh Dios, me son tus pensamientos! 

¡Cuán inmensa es la suma de ellos! 

18 Si me propusiera contarlos, 

sumarían más que los granos de arena. 

Y si terminara de hacerlo, 

aún estaría a tu lado. 

Estas reflexiones tienen un doble efecto en el salmista. Producen adoración y alabanza a Dios, un reconocimiento de la inmensidad de la sabiduría del Señor. A la vez, se convierten en humilde testimonio de la imposibilidad del ser humano de siquiera ser capaz de elucidar tal misterio. Imposible como contar los granos de arena. Y, si eso fuera posible,   

si terminara de hacerlo, queda ante el supremo misterio de la vida: Dios.  

¿De qué manera podemos apropiarnos de este salmo? Las realidades que señala producen en nosotros y nosotras admiración y perplejidad. ¿Qué podemos hacer o pensar ante la realidad de Dios que nos conoce íntimamente? ¿Cómo reaccionar frente al Señor, que desde nuestra concepción ya conocía y formaba nuestro ser en cada una de sus partes?  

La conclusión del salmo (vv. 23-24) nos ofrece algunas pistas útiles para nuestro andar diario:

23 Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; 

ponme a prueba y sondea mis pensamientos. 

24 Fíjate si voy por mal camino, 

y guíame por el camino eterno. 

El salmista ruega a Dios que lo examine a fondo, exhaustivamente, en lo más profundo de su ser. Lo que ya es una realidad (v. 1) ahora se retoma como súplica urgente. ¡Qué raro y difícil exponernos a Dios para que nos sondee y nos diagnostique! Pero también, qué necesario hacerlo para crecer y madurar.  

Sabedor de su propia maldad, de su mal camino, le suplica a Dios: “guíame por el camino eterno”. Jesús es el camino, él nos enseña cómo hemos de vivir la vida de la mejor manera. Nos muestra cómo podemos recuperar nuestra humanidad y ser así luz del mundo y sal de la tierra. 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 506, “Mi corazón, oh, examina hoy” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios. 

Décimo domingo del tiempo ordinario: Reinado del Señor fiel, que hace justicia a los oprimidos (Salmo 146) 

Este es un salmo de alabanza, como es la serie de salmos finales del salterio (144 a 150). Abre con una serie de expresiones exuberantes de adoración y reconocimiento del Dios creador (v. 6) y rey del universo (v. 10).

¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! 

Alaba, alma mía, al Señor. 

2 Alabaré al Señor toda mi vida; 

mientras haya aliento en mí, cantaré salmos a mi Dios. 

 Inicia como una alabanza personal y reiterada a Dios. El salmo empieza y cierra con la palabra “aleluya” (vv. 1 y 10). Eso subraya el tono de todo el salmo. Podemos imaginar al salmista profundamente motivado a reconocer a Dios y alabarlo. Cuatro veces expresa su gratitud y entusiasmo, y se exhorta a sí mismo a alabar a Dios, afirmando que lo hará siempre, mientras viva. 

3 No pongan su confianza en gente poderosa, 

en simples mortales, que no pueden salvar. 

4 Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, 

y ese mismo día se desbaratan sus planes. 

Ahora, una exhortación que reorienta nuestra fe: “No pongan su confianza en gente poderosa” príncipes o nobles. Podemos pensar en élites políticas, económicas o religiosas que rigen nuestros países. Incluso en los muchos mesías modernos que prometen una mejor vida. 

¿La razón? Son simples mortales, que no pueden salvar. Son, literalmente, hijos e hijas de Adán (Adam), cuyo único destino es la muerte, el polvo (adamah, heb.)  Sus planes son tan efímeros como su vida, al final fallan o se desbaratan.  

Sin duda, es fácil creer en las incontables promesas de los políticos y empresarios que regularmente nos prometen una vida mejor, sobre todo en tiempos de elecciones. Y por ello, el salmista vuelve nuestra mirada y confianza a una realidad mejor. Es, en el fondo, un tema de idolatría: en quién ponemos nuestra fe y esperanza. ¿Es en el Señor o en los ídolos con pies de barro?  

5 Dichoso aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, 

cuya esperanza está en el Señor su Dios, 

6 creador del cielo y de la tierra, 

del mar y de todo cuanto hay en ellos, 

y que siempre mantiene la verdad. 

Pronuncia una bienaventuranza “dichoso”, reconociendo que quienes tienen su fe y esperanza en el Dios de Jacob ya se pueden considerar personas bienaventuradas, que han encontrado la fuente de la genuina felicidad. 

¿Por qué? Porque el Señor, su Dios, es el creador de todo lo que existe: “creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos” (v. 6). Esa realidad imponente basta para marcar un agudo contraste entre los hijos e hijas de Adán y el supremo Creador del universo. 

Y, en claro contraste con las promesas y planes humanos de las élites gobernantes, el Señor siempre mantiene la verdad o fidelidad hacia nosotros y nosotras. Sus propósitos de bien son firmes y duran por siempre.  

7 El Señor hace justicia a los oprimidos, 

da de comer a los hambrientos 

y pone en libertad a los cautivos. 

8 El Señor da vista a los ciegos, 

el Señor sostiene a los agobiados, 

el Señor ama a los justos. 

9cEl Señor protege al extranjero 

y sostiene al huérfano y a la viuda, 

pero frustra los planes de los impíos. 

A continuación, sigue una serie de nueve acciones y atributos que describen al Señor, ya atestiguadas en la historia de su pueblo, y que ahora sirven como garantía de lo que sucede y sucederá en nuestro diario andar. Así, el salmo nos plantea una extraordinaria motivación para reorientar nuestra fe y esperanza en el único que realmente se ocupa de su gente, sobre todo cuando sufrimos situaciones de opresión. 

Es posible clasificar estos versículos en cuatro categorías que agrupan las situaciones descritas (Schökel):  

  • Físicas: ciegos y agobiados (encorvados). 

  • Socioeconómicas: oprimidos, hambrientos, cautivos y extranjeros (inmigrantes). 

  • Sociofamiliares: huérfanos y viudas. 

  • Éticas: justos e impíos.  

El Señor “hace justicia a los oprimidos”. Esta primera descripción bien puede servir como encabezado de las que siguen. Características recurrentes de Dios y su Mesías son la fidelidad o verdad y la justicia (ver Sal 103:6; Isa 11:3-5).  

 La justicia de Dios a favor de los oprimidos es, a la vez, una condenación y denuncia de los opresores. Son ellos quienes abusan de otras y otros, les roban sus derechos y los explotan y esclavizan en sus maquiladoras, empresas, barrios y zonas marginadas. 

Ello acontece también en el plano internacional. El imperio en turno y sus lacayos cometen genocidios, destruyen ciudades, aniquilan poblaciones enteras sin discriminar niños, mujeres y ancianos, todo para apropiarse de sus recursos naturales y energéticos, y beneficiar así a la industria de la guerra y a los señores del capital. Las grandes transnacionales y empresas locales también explotan la mano de obra barata y empobrecen cada día a la población. Cuando pueden, privan a la gente del acceso a la salud y la educación, haciendo de ellas un jugoso negocio para corporaciones privadas. Los inmigrantes, denostados y criminalizados, son presa fácil de las ambiciones insaciables de los poderosos opresores. 

Desde el éxodo, como experiencia fundante, Israel aprendió que Dios es fiel a sus promesas y hace justicia a los oprimidos. Ello nos lo recuerda el salmo. 

  • Situaciones socioeconómicas: El Señor hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos, pone en libertad a los cautivos y protege a las y los inmigrantes.  

El desempleo endémico en la mayoría de nuestros países, el modelo neoliberal imperante, el salario mínimo o robo institucionalizado, y el despojo de tierras y habitaciones en favor de las inmobiliarias, contribuyen al hambre entre la gente. 

Los encarcelamientos injustos de pobres, acentuados por el clasismo y el racismo que agobian a nuestros pueblos, y la criminalización de los inmigrantes que buscan mejores condiciones de vida para sus familias son situaciones constantes en la América morena.  

En esas realidades cotidianas, el salmo nos recuerda que Dios está en contra de esas formas de opresión y a favor de quienes las sufren. 

  • Situaciones físicas: ciegos y encorvados.  

La salud de las personas es otro desafío en las sociedades caribeñas y latinoamericanas. Aun en países con servicios de salud pública, el acceso a clínicas y hospitales está vedado para poblaciones lejanas a las grandes ciudades. Y, en países prósperos como los Estados Unidos, la salud es privada y muy costosa.  

  • Situaciones sociofamiliares: El Señor protege al extranjero, y sostiene al huérfano y a la viuda. 

Este trío de personas aparece recurrentemente como aquellas por quienes el Señor tiene un cuidado especial (Sal 68:6; Is 1:17; Jer 22:3). Ellos y ellas eran personas que no tenían protección alguna en Israel, ni legal, ni familiar, ni social. Y, por ello, era prioritario darles el cuidado y la protección que necesitaban. 

La triste realidad de la inmigración hoy en día es un llamado a quienes nos llamamos pueblo de Dios a darle prioridad a las personas que emigran a nuestros países, empujadas por el hambre y la criminalidad en sus países. A menudo van a países vecinos, y la mayoría viaja al norte para poder sustentar a sus familias.  

Podemos pensar que Dios librará de la opresión directamente  a los oprimidos (hambrientos, enfermos, explotados, inmigrantes, viudas y huérfanos). Nos ayudará recordar que Jesús, en su discurso en la sinagoga de Nazaret, hizo suya la profecía de Isaías e hizo el eje de su misión cumplir con ese anhelo de Dios de hacer justicia a los oprimidos. Así, leemos en Lucas 4:18-19:  

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos,  a pregonar el año del favor del Señor.  

La misión de Jesús estaba definida por el cuidado y la atención a los pobres y oprimidos por las estructuras políticas, económicas y religiosas de sus días. Y es la misma misión que Jesús nos encarga a nosotros, sus discípulos (Mt 10:1 y 28:18-20).  

10 ¡Oh Sión, que el Señor reine para siempre! 

¡Que tu Dios reine por todas las generaciones! 

Así, el reinado de Dios se manifiesta, hoy como entonces, en actos de amor y cuidado por los menos favorecidos, aquellos que son víctimas de la opresión de los poderosos. Recordemos que los justos a quienes el Señor ama (v. 8) son, de acuerdo con Mateo 25:31-46, las y los que hacen justicia:   

Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero (inmigrante), y me dieron alojamiento;  necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron 

10¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!  

La mejor manera de alabar a Dios y honrarle es haciendo justicia, como Jesús lo hizo, a quienes sufren opresión.  

Himno para este día: Recomendamos el himno número 319 “Tenemos esperanza” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios. 

Undécimo domingo del tiempo ordinario: Salmo 20 

Este salmo se usaba antes de la batalla y era un ruego a favor de la victoria del rey Mesías. Para la lectura congregacional, recomendamos que los vv. 1-4 los lea el o la ministra; luego, la congregación lea el v. 5; una dama o un caballero lea el v. 6; y, de nuevo, la congregación, los vv. 7-9. Así está estructurado el salmo, y esto ayudará a los congregantes a distinguir las voces que aparecen en el salmo. 

El sacerdote o ministro, ora a favor del Mesías, ungido de Dios:

1 Que el Señor te responda cuando estés angustiado; 

que el nombre del Dios de Jacob te proteja. 

2 Que te envíe ayuda desde el santuario; 

que desde Sión te dé su apoyo. 

3 Que se acuerde de todas tus ofrendas; 

que acepte tus holocaustos. Selah 

4 Que te conceda lo que tu corazón desea; 

que haga que se cumplan todos tus planes. 

En medio de las angustias que la batalla provoca, viene el sacerdote a rogar y bendecir al ungido de Dios, el Mesías. Ruega que el Señor responda a sus ruegos: “Que el Señor te responda cuando estés angustiado”; que le proteja y cuide: “que el nombre del Dios de Jacob te proteja”; y que desde Sión, lugar de su santuario, le auxilie teniendo presente sus ofrendas y holocaustos. Que le conceda los deseos de su corazón y cumpla sus planes.  

La congregación se une a la intercesión del ministro: 

5 Nosotros celebraremos tu victoria, 

y en el nombre de nuestro Dios 

desplegaremos las banderas. 

¡Que el Señor cumpla todas tus peticiones! 

Al escuchar la intercesión del ministro, el pueblo que la escucha une su voz y anticipa una gran celebración ante la victoria del Mesías. Y, como el ministro expresó, unen sus voces y ruegos para que Dios cumpla las peticiones del rey Mesías.   

Un representante de la congregación afirma su fe y esperanza:

6 Ahora sé que el Señor salvará a su ungido, 

que le responderá desde su santo cielo 

y con su poder le dará grandes victorias. 

Con plena confianza en la intervención de Dios a favor del Mesías, su ungido, anticipa su victoria gracias al poder de Dios. 

La congregación anuncia la victoria final del Mesías: 

7 Éstos confían en sus carros de guerra, 

aquéllos confían en sus corceles, 

pero nosotros confiamos en el nombre 

del Señor nuestro Dios. 

8 Ellos son vencidos y caen, 

pero nosotros nos erguimos y de pie permanecemos. 

9 ¡Concede, Señor, la victoria al rey! 

¡Respóndenos cuando te llamemos! 

La clave de la victoria final consiste en poner la confianza en Dios y no en el poder militar, representado por los corceles.  

El salmo termina con un ruego final a favor del rey ungido. La urgencia del ruego reitera la intercesión del ministro: “¡Respóndenos cuando te llamemos!”.   

Trasladado a Jesús, el Mesías, el salmo ruega por su victoria ante los poderes de la muerte, ya presentes antes de la crucifixión. Como Jesús lo señala ante sus enemigos: “Pero ya ha llegado la hora de ustedes, cuando reinan las tinieblas” (Lc 22:53). Era la hora en la que los mismos discípulos habrían de desertar de Jesús, uno lo traicionaría y otro lo negaría. Y sus enemigos, la élite religiosa de Israel, lo habrían de apresar y condenar a muerte. 

Sin embargo, Jesús venció la muerte, “Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio” (Hch 2:24). 

 

 De la misma manera, la iglesia vive cada día bajo el acecho de los poderes de la muerte, pero puede confiar en la victoria que Dios da a su pueblo. No es una victoria fácil, como no lo fue para Jesús, pero la iglesia saldrá triunfante por el poder de la gracia y del amor de Dios. La victoria del Mesías es nuestra victoria, como lo son también sus sufrimientos. 

 

“¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia?  Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro 8:35-37). 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 588, “El nombre de Dios te ampare”,  del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.  

Duodécimo domingo del tiempo ordinario: Salmo 9:9-20  

 El salmo tiene una enorme relevancia en los días que vivimos, cuando las relaciones entre las naciones están tan deterioradas y el imperio destruye pueblos, gentes y ciudades sin freno alguno y sin aprecio alguno por la vida humana. El lucro se impone sobre el valor de la vida humana. Vivimos días oscuros en los que parece no haber esperanza y en los que pareciera que, como personas ordinarias, no podemos hacer nada para impedir la barbarie. En ese contexto, el salmo nos recuerda que el Señor reina y que su reino de justicia ha de prevalecer sobre los reinos de este mundo.

9 El Señor es refugio de los oprimidos; 

es su baluarte en momentos de angustia. 

Inicia este versículo con una afirmación significativa en los momentos de angustia que vive la humanidad. Las dos metáforas, refugio y baluarte, representan lo que, en tiempos de guerra, significaba seguridad. “Los oprimidos” es un término que significa “el trituramiento de la opresión que llega hasta los huesos, oprimiendo también la interioridad del ser, el abatimiento (…) la vejación al pobre” (Elsa Tamez).     

10 En ti confían los que conocen tu nombre, 

porque tú, Señor, jamás abandonas a los que te buscan. 

El conocimiento y la experiencia de lo que el Señor ha hecho por los suyos son base firme de la confianza presente. Efectivamente, tú, Señor,  jamás abandonas a los que te buscan. Dirigiéndose a Dios apela a sus acciones liberadoras como sustento de su ruego presente.  

11 Canten salmos al Señor, el rey de Sión; 

proclamen sus proezas entre las naciones. 

12 El vengador de (la sangre de) los inocentes se acuerda de ellos; 

no pasa por alto el clamor de los afligidos. 

Esas vivencias de rescate en el pasado son la base de la exhortación que ahora dirige al pueblo oprimido para que cante al Señor y anuncie las acciones de Dios en la historia mundial: “entre las naciones”. Como en el caso de Abel, cuya sangre clamaba a Dios desde la tierra (Gn 4:10), así ahora la sangre inocente derramada en el mundo clama a Dios, que la tiene presente. El Señor es su vengador y les hará justicia. Dios no pasa por alto el clamor de los afligidos. 

¡Cuánta sangre que se llevó el rio! 

[...] 

Y hablo de países y de esperanzas 

Hablo por la vida, hablo por la nada (Fito Páez, 1985). 

Somos una de muchas generaciones que ven en las redes sociales los genocidios y masacres de los poderosos contra los inocentes. Y nos aferramos a las palabras del salmista y creemos que el vengador ha de actuar, porque los gritos desgarradores de las víctimas de la violencia actual han llegado a su presencia. 

13 Ten compasión de mí, Señor; 

mira cómo me afligen los que me odian. 

Sácame de las puertas de la muerte, 

14 para que en las puertas de Jerusalén (la hija de Sión) 

proclame tus alabanzas y me regocije en tu salvación. 

Ante la muerte inminente, el salmista apela a la compasión del Señor. Ruega que sea Dios testigo del odio de los opresores y le libre de la muerte, para que pueda, más bien, alabar al Señor en su templo y regocijarse por su salvación.

15 Han caído los paganos 

en la fosa que han cavado; 

sus pies quedaron atrapados 

en la red que ellos mismos escondieron. 

16 Al Señor se le conoce porque imparte justicia; 

el malvado cae en la trampa que él mismo tendió. Higaion. Selah. 

 

 Recordando hechos del pasado y anticipando proféticamente lo que ha de suceder, describe el salmista la suerte de las naciones opresoras: las artimañas que han fabricado para destruir a otros pueblos serán su propia fosa; sus trampas las atraparán a ellas mismas. 

 

Eso, porque lo que caracteriza al Señor es su justicia. Él juzga a las naciones opresoras, y tarde o temprano estas pagarán por sus fechorías y perversidad. 

 

17 Bajan al sepulcro los malvados, 

todos los paganos que de Dios se olvidan. 

El fin de los malvados que de Dios se olvidan es regresar al Seol. Viene del infierno y  al mismo lugar regresarán. Es lo que sugiere el verbo aquí traducido como “bajan” o, en la RV60, como “serán trasladados”. Regresarán a su lugar de origen. Son hijos del infierno, y  allí volverán.

18 Pero el necesitado no será olvidado para siempre, 

ni para siempre se perderá la esperanza del pobre. 

El contraste es notable. El pobre y necesitado no será olvidado, ni su esperanza se perderá. La expresión “para siempre”, que se usa dos veces, implica la larga espera que sentimos ante la falta de respuesta de Dios cuando le pedimos que intervenga. Es como una respuesta al “¿hasta cuándo?”, tan repetido en los salmos (por ejemplo, el Salmo 13). El Señor responde: “no será para siempre”. Por ello, la fuerza de la súplica urgente, que hacemos nuestra hoy: 

19 ¡Levántate, Señor! 

No dejes que el hombre prevalezca; 

¡haz que las naciones comparezcan ante ti! 

20 Infúndeles terror, Señor; 

¡que los pueblos sepan que son simples mortales! Selah

Que el Señor actúe ahora, y que los débiles seres humanos (enosh, heb.) no se salgan con la suya. En su soberbia, el opresor se cree todopoderoso e impune ante sus abusos y crímenes. Parece que nada ni nadie le puede poner freno. Cuando otras naciones o, dentro de su país, otros poderes no quieren o no pueden frenar la violencia desenfrenada del emperador, buscamos la intervención justa del Señor.  

Señor, frena su maldad y juzga a las naciones opresoras. Hazles experimentar el terror que infunden en otros pueblos. Que, humilladas, reconozcan que no son más que simples mortales. Se creen dioses, pero no son más que simples y frágiles mortales.  

Himno para este día: Recomendamos el himno número 248,  “Jesucristo, esperanza del mundo” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.