Quinto domingo: Eres el hogar protector donde me refugio (Salmo 31:1-5, 15-16)
En ti, Señor, busco refugio;
jamás permitas que me avergüencen;
en tu justicia, líbrame.
2 Inclina a mí tu oído,
y acude pronto a socorrerme.
Sé tú mi roca protectora,
la fortaleza de mi salvación.
3 Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza,
dirígeme por amor a tu nombre.
4 Líbrame de la trampa que me han tendido,
porque tú eres mi refugio.
5 En tus manos encomiendo mi espíritu;
líbrame, Señor, Dios de la verdad.
Mi vida entera está en tus manos;
líbrame de mis enemigos y perseguidores.
6 Que irradie tu faz sobre tu siervo;
por tu gran amor, sálvame.
Estamos ante un salmo de súplica en el que se descubren tres realidades que bien pueden servir como ayuda homilética al estructurar el sermón: la del salmista, que habla de los enemigos que le acosan y procuran su muerte. Ante dicha realidad y el peligro real de muerte, el salmista clama a Dios para que acuda en su ayuda y le socorra. Nos limitamos en nuestro análisis a los versículos señalados para este domingo. Recomendamos una lectura pausada y atenta de todo el salmo.
El salmista describe su situación vulnerable y urgente ante el peligro de muerte: Emite una serie de imperativos que manifiestan la urgencia de su ruego. Se encuentra al borde del abismo.
“Jamás permitas que me avergüencen”: honor y vergüenza eran valores distintivos de aquella cultura y sociedad. El salmista ruega que nunca permita Dios que sea avergonzado en su círculo social. Eso era la desgracia total. Sin embargo, vecinos, conocidos, familiares y enemigos aparecen en el salmo como personas que se burlan del salmista y lo evitan.
Los vv. 9-14 describen gráficamente sus sufrimientos:
Tenme compasión, Señor, que estoy angustiado;
el dolor está acabando con mis ojos,
con mi alma, ¡con mi cuerpo!
10 La vida se me va en angustias,
y los años en lamentos;
la tristeza está acabando con mis fuerzas,
y mis huesos se van debilitando.
11 Por causa de todos mis enemigos,
soy el hazmerreír de mis vecinos;
soy un espanto para mis amigos;
de mí huyen los que me encuentran en la calle.
12 Me han olvidado, como si hubiera muerto;
soy como una vasija hecha pedazos.
13 Son muchos a los que oigo cuchichear:
Hay terror por todas partes.
Se han confabulado contra mí,
y traman quitarme la vida.
Los enemigos constituyen un peligro real. Buscan terminar con su vida y le han puesto trampas mortales. Lo que estaba implícito en las primeras líneas ( “me avergüencen” … “la trampa que me han tendido” ), y que ya imaginábamos, al final se hace explícito: “mis enemigos y perseguidores”. Están tan cercanos y presentes que la súplica y ruego del salmista tienen un sentido de urgencia notable. Ya han empezado a propiciar su muerte social con sus burlas, horror ante su pena, al evitar encontrarse con él, su olvido, sus calumnias, trampas y conspiraciones contra su vida (vv. 11-13).
Dios, Yahvéh, es la realidad última que produce esperanza y constituye el ancla que da firmeza al salmista. Parte de una realidad fundamental: “Tú eres mi Dios” (v. 14). Así evoca el pacto de Dios con su pueblo: “Y seré su Dios” (Gn 17:7-8) y se lo apropia de manera personal.
Lo que Dios es para el salmista en esta hora de prueba se pone de manifiesto de muchas formas. Los imperativos con los que conmina a Dios a que actúe a su favor: “acude pronto a socorrerme”, “Líbrame de la trampa que me han tendido”, “líbrame de mis enemigos y perseguidores”.
Sobresalen algunas metáforas centrales, referidas a Dios, que vale la pena subrayar. Refugio (vv. 1 y 4), roca de refugio (v. 2, 3), fortaleza (literalmente, casa de fortaleza v. 2), roca (v. 3).
Las metáforas ofrecen una realidad alternativa y adicional a la que el orante experimenta en ese momento de crisis. Crean una nueva realidad para enfrentar el peligro de muerte y manifiestan otra interpretación de la crisis, una manera distinta que descubre otras realidades de fe que le permiten habitar su momento crítico de muerte con esperanza y seguridad.
El salmista ve y experimenta el peligro de muerte, pero sus ojos de la fe están también abiertos para descubrir en Dios su máxima protección y refugio en la tormenta. Y por ello describe a Dios como su refugio, su roca, su fortaleza. Imágenes de seguridad y protección ante los embates de la naturaleza, de la guerra y de la vida. Ciudades fortificadas, rocas que ofrecen estabilidad y seguridad, fortalezas inexpugnables, refugios seguros y acogedores ante las tormentas. Esto se basa en el recuerdo de liberaciones anteriores (vv. 6-8) o bien con fe contempla y anticipa un futuro cierto:
yo, por mi parte, confío en ti, Señor.
7 Me alegro y me regocijo en tu amor,
porque tú has visto mi aflicción
y conoces las angustias de mi alma.
8 No me entregaste al enemigo,
sino que me pusiste en lugar espacioso.
También sobresalen virtudes de Dios a las que el salmista apela o invoca: “tu justicia”, “por amor de tu nombre”, “Dios de la verdad”, “en tu misericordia” (vv. 7, 9, 16, 21), “tu bondad” (v. 19).
Y por supuesto, las acciones imperativas requeridas de Dios que muestran su compasión y carácter salvador y liberador: “no permitas”, “inclina a mí tu oído”, “acude a socorrerme”, “guíame”, “dirígeme”, “líbrame” (3 veces), “que irradie tu faz”, “sálvame”.
Jesús, en el momento de su muerte, hizo suyas las palabras de este salmo: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23:46), que fueron sus últimas palabras antes de morir. Ante el horror de la muerte puso su vida en las únicas manos confiables y poderosas. Como el salmista, sabía que en esas manos están sus tiempos (v. 15) y que el Señor de la vida habría de librarle incluso de los lazos de la muerte. Esa fue la experiencia de Jesús.
También Esteban, primer mártir de la iglesia, usaría las mismas palabras ante su muerte inminente (Hch 7:59), aunque él apela al Señor Jesús para que reciba su espíritu.
Como su maestro y Señor, sabía que la muerte no tiene la última palabra y que el odio de quienes lo llevaron a la muerte era impotente ante el poder de la vida. Y por ello intercede por sus verdugos y asesinos (Hch 7:60), como también lo había hecho Jesús (Lc 23:34).
Es esa realidad la que hoy recordamos y celebramos en esta temporada bajo la sombra de la resurrección de Jesús nuestro Señor. La muerte, con todos sus horrores, no saldrá triunfante ante la vida que Dios da a los suyos.
Himno para este día: Recomendamos el himno número 46 “Eres mi protector,” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.
Sexto domingo: Que Dios nos bendiga para cumplir nuestra misión en el mundo (Salmo 67)
Dios nos tenga compasión y nos bendiga;
Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros, Selah
2 para que se conozcan en la tierra sus caminos,
y entre todas las naciones su salvación.
3 Que te alaben, oh Dios, los pueblos;
que todos los pueblos te alaben.
4 Alégrense y canten con júbilo las naciones,
porque tú las gobiernas con rectitud;
¡tú guías a las naciones de la tierra! Selah
5 Que te alaben, oh Dios, los pueblos;
que todos los pueblos te alaben.
6 La tierra dará entonces su fruto,
y Dios, nuestro Dios, nos bendecirá.
7 Dios nos bendecirá,
y le temerán todos los confines de la tierra.
El salmo 67 democratiza y hace internacional la bendición sacerdotal de Números 6:24-26. Democratiza la bendición porque ya no es un sacerdote quien la pronuncia sobre el pueblo; es el salmista que ahora la convierte en ruego para todas y todos. La hace internacional porque la bendición original era para Israel pero ahora tiene un alcance que incluye a todas las naciones.
Es además un ruego misionero. Pues, de acuerdo con la vocación original de Abram (Gn 12:3), tiene en la mira la prosperidad de todas las naciones, de todas las familias de la tierra.
Esa bendición se ha de concretar en tres grandes realidades en la vida de las naciones: La fertilidad de la tierra (v. 6), el gobierno justo (v. 4) y la salvación (vv. 2, 3, 4, 7). (Schökel). En otras palabras, el shalom, que es el tema central de la bendición sacerdotal.
Así pues, este salmo de la temporada de resurrección pone delante de nosotros y nosotras la misión que tenemos en el mundo y que consiste en procurar el shalom de todas las familias de la tierra.
1 Dios nos tenga compasión y nos bendiga;
Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros, Selah.
La bendición sacerdotal es ahora un ruego y petición en nombre del pueblo y a su favor. El salmista se apropia de una función sacerdotal para invocar la bendición que sabe eficaz y asegurada (ver Nm 6:27 “y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”). “El bendecir de Dios es bien hacer, porque diciendo hace” (Schökel).
Ruega por la compasión o misericordia de Dios. Esa misericordia da por sentada nuestra miseria y necesidad. Pide que Dios se compadezca, nos apapache como una madre a su hijo o hija en desgracia; que considere nuestro extravío y carencias y a pesar de ello que prevalezca su misericordia.
Que el Señor nos bendiga, que, como la bendición original a la primera pareja, nos dé vida, nos haga fructificar y florecer. En un mundo en el que prevalece la muerte en todas sus dimensiones, este ruego suplica por la vida en abundancia posible gracias al Señor Jesús.
Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros. Una metáfora de la plena aceptación. Haga brillar el Señor su rostro sobre ti: te sonría, te vea como a un amigo, se alegre de verte, sea benévolo contigo y te favorezca. Proverbios 16:15 dice literalmente: “en la luz del rostro del rey está la vida, y su benevolencia es como nube de lluvia tardía”.
La expresión es así símbolo de benevolencia que da vida y que la fecunda como la lluvia a la tierra seca.
Así pues, la bendición suplicada se resume en que, a partir de su misericordia, Dios nos conceda que la vida florezca gracias a su plena aceptación y amistad con nosotras y nosotros.
2 para que se conozcan en la tierra sus caminos,
y entre todas las naciones su salvación.
Que cumplamos con nuestra vocación y misión entre los pueblos de la tierra es la meta y fruto de la bendición de Dios.
Que se conozcan en la tierra sus caminos. El ruego consiste en que la gente conozca y reconozca la actuación de Dios en la historia y su buena voluntad expresada en su Palabra para guiarnos en el buen vivir. Es conocer la salvación integral de Dios que transforma nuestras relaciones personales, con la creación y con Dios.
3 Que te alaben, oh Dios, los pueblos;
que todos los pueblos te alaben.
El ruego abarca a todos los pueblos para que ellos alaben a Dios. Cúspide de la conversión es la gratitud que se expresa en la alabanza, el reconocimiento humilde de la buena voluntad de Dios para todas las naciones.
4 Alégrense y canten con júbilo las naciones,
porque tú las gobiernas con rectitud;
¡tú guías a las naciones de la tierra! Selah
Después de hablar de la salvación de la gente, suplica por un gobierno justo, por la dirección de Dios en la vida política de las naciones. La justicia o rectitud de Dios se debe plasmar entre los pueblos para que conozcan el bien vivir, la paz en sus relaciones de poder.
Ello resulta en la alegría y cantos de la gente. Trae bienestar, armonía y júbilo en el diario vivir.
5 Que te alaben, oh Dios, los pueblos;
que todos los pueblos te alaben.
Nuevamente se repite el estribillo para apuntar al fin principal de la humanidad: la alabanza de Dios. El reconocimiento de la gracia de Dios es evidencia de una vida renovada.
6 La tierra dará entonces su fruto,
y Dios, nuestro Dios, nos bendecirá.
7 Dios nos bendecirá,
y le temerán todos los confines de la tierra.
La fertilidad de la tierra garantiza no sólo la vida de las naciones sino que es también un reconocimiento de la fuente última de todo don perfecto (Stg 1:17). Entre las bendiciones de Dios a su pueblo, resultado de la obediencia, una tierra fructífera era punto de partida y garantía de la vida (Dt 28:3-6, 11-12). Ahora lo será para todas las naciones si la iglesia cumple su misión y ellas implantan gobiernos justos como fruto de su salvación.
La bendición de Dios sobre las naciones tendrá como resultado que ellas le temerán, le
servirán. La bendición que en el principio del salmo se invocó para todas las personas, ahora se contempla como algo que será cierto en el futuro de Dios. \
Así, este salmo celebra nuevamente la vida que Dios nos da a todos y todas y que es su
respuesta definitiva a la nueva humanidad.
Himno para este día: Recomendamos el himno número 721 “Canto de esperanza” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.
Ascensión de nuestro Señor, jueves 14: El Señor reina y prevalece sobre las fuerzas del caos (Salmo 93)
1 El Señor reina, revestido de esplendor;
el Señor se ha revestido de grandeza
y ha desplegado su poder.
Ha establecido el mundo con firmeza;
jamás será removido.
2 Desde el principio se estableció tu trono,
y tú desde siempre has existido.
3 Se levantan las aguas, Señor;
se levantan las aguas con estruendo;
se levantan las aguas y sus batientes olas.
4 Pero el Señor, en las alturas, se muestra poderoso:
más poderoso que el estruendo de las muchas aguas,
más poderoso que los embates del mar.
5 Dignos de confianza son, Señor, tus estatutos;
¡la santidad es para siempre el adorno de tu casa!
Celebrar y afirmar el señorío y reinado de Dios es lo más apropiado en el día que recordamos la ascensión de Jesús al trono de Dios. De acuerdo con el testimonio del Nuevo Testamento, el que Jesús se haya sentado a la diestra de Dios es clara muestra de su soberanía cósmica, sobre todas las fuerzas del caos y del mal (Mt 28:18-20; Heb 2:6-8; 1 Co 15:27-28; Col 1:15-20; Ef 1:20-23; 4:8-10).
Vivimos en días en los que parece que los poderes del mal dominan el escenario mundial: la represión y persecución de migrantes, el genocidio en Gaza, las guerras en diversos países, el tráfico de personas y órganos, la pobreza endémica en muchos países, etc. Y como dice Hebreos 2:8, “¡todo lo sometiste a su dominio! Si Dios puso bajo él todas las cosas, entonces no hay nada que no le esté sujeto. Ahora bien, es cierto que todavía no vemos que todo le esté sujeto”.
Y nos recuerda: “Sin embargo, vemos a Jesús, que fue hecho un poco inferior a los ángeles, coronado de gloria y honra por haber padecido la muerte” (Heb 2:9).
En este día de la ascensión necesitamos ver a Jesús y confesar por la fe que Él es Señor soberano.
Es lamentable que la ascensión de Jesús ha jugado un papel reducido en el calendario litúrgico cristiano y en la vida de la iglesia, dada la importancia teológica que tiene en el Nuevo Testamento y su trascendencia para nuestro diario vivir.
El señor reina. Es la afirmación del salmo que a la luz de la ascensión de Jesús cobra un pleno significado. Ya es una realidad aunque todavía no la vemos cumplida en su totalidad (Heb 2:8).
Consideremos el salmo con mayor detalle:
1 El Señor reina, revestido de esplendor;
el Señor se ha revestido de grandeza
y ha desplegado su poder.
Inicia el salmo con una afirmación y declaración de fe: Asegura el hecho del dominio de Dios en el mundo y su victoria y predominio sobre las fuerzas hostiles que operan en el mundo.
La primera imagen nos llama la atención a que el Señor se ha revestido de esplendor y grandeza. Su ropaje real y militar señala su carácter triunfante y señorial: la vestimenta es propia de su altísimo rango.
Ha establecido el mundo con firmeza;
jamás será removido.
2 Desde el principio se estableció tu trono,
y tú desde siempre has existido.
El señorío del Señor se manifiesta desde el principio en la creación. Entonces ya se manifestaba su dominio y control. El mundo es testimonio de su eterno poder: “Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa” (Romanos 1:20). Efectivamente, desde que Dios creó todas las cosas, ha desplegado su poder.
Ya en ese momento creador, Dios nos dio a conocer que Él es rey y que domina sobre su creación. La ha establecido de manera firme y así permanecerá siempre.
3 Se levantan las aguas, Señor;
se levantan las aguas con estruendo;
se levantan las aguas y sus batientes olas.
4 Pero el Señor, en las alturas, se muestra poderoso:
más poderoso que el estruendo de las muchas aguas,
más poderoso que los embates del mar.
El mar en el pensamiento bíblico representa la inestabilidad y el caos, las fuerzas hostiles que batallan contra la tierra estable. El Salmo 104:9, sin embargo, afirma el propósito de Dios: “Pusiste una frontera que ellas (las aguas) no pueden cruzar; ¡jamás volverán a cubrir la tierra!”. Una alusión al diluvio que recuerda los límites que Dios les puso a los mares.
Y con frecuencia el mar es metáfora de las naciones inestables que se constituyen en fuerzas destructivas y opuestas al orden de Dios. Por ejemplo, el Salmo 65:7 dice: “Tú calmaste el rugido de los mares, el estruendo de sus olas, y el tumulto de los pueblos”. El paralelismo intensifica el sentido de las acciones de los mares, su estruendo, y al final lo explica como el tumulto de los pueblos.
De esta manera, ante la fuerza de las aguas, que en el salmo, a medida que se repite cada línea, parecen como tres oleajes cada vez más intensos y amenazantes, también tres veces se repite con creciente intensidad la manifestación del poder del SEÑOR ante esas fuerzas hostiles: El poder del Señor “se muestra poderoso”, “más poderoso que el estruendo” y “más poderoso que los embates”.
Aquel que apaciguó la tempestad en el lago (Mt 8:24-27) es el Señor de toda la creación. Las fuerzas de maldad se representan en el Apocalipsis como poderes contrarios a la vida (12:15; 17:2, 15): Son las aguas que intentan ahogar a la mujer; son el asiento donde reside la gran prostituta, que el texto mismo explica así: “Las aguas que has visto, donde está sentada la prostituta, son pueblos, multitudes, naciones y lenguas” (Ap 17:15).
El mensaje de Apocalipsis es claro: El Señor todopoderoso reina sobre todos los señores del mundo. “Aquel que es y que era y que ha de venir (… ). Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de la resurrección, el soberano de los reyes de la tierra” (Ap 1:4-5).
“Yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno” (Ap 1:17-18).
La iglesia, en medio de sus tribulaciones, bajo un sistema que da prioridad a la ganancia económica sobre la vida de los seres humanos (la gran prostituta capítulo 17), puede confiar en que el soberano de los reyes de la tierra hará prevalecer su buena voluntad, que el bien vencerá el mal (Ro 12:21).
5 Dignos de confianza son, Señor, tus estatutos;
¡la santidad es para siempre el adorno de tu casa!
Por ello, el salmo cierra con la plena confianza en los estatutos del Señor. Su voluntad de vida para su creación es la palabra final. Y, en consecuencia, su pueblo ha de adornar el templo de Dios (nosotros) con santidad. Con una vida digna de nuestra vocación.
Himno para este día: Recomendamos el himno número 458 “Cuán grande es Dios” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.
Séptimo domingo: Dios triunfa sobre sus enemigos y socorre a su pueblo pobre con una tierra fructífera (Salmo 68:7-10, 32-35)
El Salmo 68 es un canto de victoria, el triunfo de Dios sobre sus enemigos. Cuando Dios se levanta y va al frente de la batalla, sus enemigos desmayan y huyen de su presencia. Inspirado en el Éxodo y la conquista de la tierra, el salmo resume las muchas batallas que Dios peleó por su pueblo y celebra su victoria. La descripción de su éxito en la batalla se reviste con elementos cósmicos: cielos y tierra, toda la creación, se estremecen ante su imponente presencia guerrera.
Es además una muestra de su cuidado hacia una nación extenuada y empobrecida. Su amor por los pobres y olvidados es patente. Se le celebra por ser:
5 Padre de los huérfanos y defensor de las viudas
es Dios en su morada santa.
6 Dios da un hogar a los desamparados
y libertad a los cautivos.
La importancia del salmo en esta temporada de resurrección, y bajo la sombra de la ascensión, pone de relieve que el poder eminente del Señor se manifiesta en la derrota de sus enemigos, las naciones belicosas o como traduce RV60 “los pueblos que se complacen en la guerra” (v. 30). Hoy día podemos pensar en la industria militar y armamentista que destruye poblaciones de manera inmisericorde.
Consideremos los versículos selectos para este domingo (recomendamos leer todo el salmo).
Cuando saliste, oh Dios, al frente de tu pueblo,
cuando a través de los páramos marchaste,
8 la tierra se estremeció,
los cielos se vaciaron,
delante de Dios, el Dios de Sinaí,
delante de Dios, el Dios de Israel.
Los versículos describen la marcha impresionante de Dios al frente de su pueblo en la batalla. Toda la creación, cielos y tierra, se estremecen ante su poderío y presencia. La tierra tembló. Este Dios es el Dios del Sinaí, el Dios de Israel.
Las naciones hostiles huyen (vv. 8 y 12) y se derriten como cera (v. 2); al final reconocen el señorío del Señor y le ofrecen dones (v. 29) y lo reconocen (v. 30).
9 Tú, oh Dios, diste abundantes lluvias;
reanimaste a tu extenuada herencia.
10 Tu familia se estableció en la tierra
que en tu bondad, oh Dios, preparaste para el pobre.
La bondad y generosidad de Dios se manifiestan en la fertilidad de la tierra. Da abundantes lluvias que renuevan a su pueblo. Además, capacita a su pueblo para que comparta las buenas nuevas, en particular las mujeres (v. 11): “El Señor ha emitido la palabra, y millares de mensajeras la proclaman”. Por si fuera poco, les da dones para su tarea porque ahora el Señor reina en las alturas, su ascensión:
18 Cuando tú, Dios y Señor,
ascendiste a las alturas,
te llevaste contigo a los cautivos;
tomaste tributo de los hombres.
Pablo interpreta esta última línea en el contexto de la ascensión de Jesús como la razón de los dones o carismas que el Señor ha dado a la iglesia: “Cuando ascendió a lo alto, se llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres” (Efesios 4:8).
De manera que la victoria del Señor, en clave cristiana, es una celebración del Señor resucitado y ascendido al cielo para reinar. Ello significa una iglesia empoderada por los carismas para cumplir su misión.
32 Cántenle a Dios, oh reinos de la tierra,
cántenle salmos al Señor, Selah
33 al que cabalga por los cielos,
los cielos antiguos,
al que hace oír su voz,
su voz de trueno.
34 Reconozcan el poder de Dios;
su majestad está sobre Israel,
su poder está en las alturas.
35 En tu santuario, oh Dios, eres imponente;
¡el Dios de Israel da poder y fuerza a su pueblo!
Por eso es por lo que el salmo cierra su celebración llamando a los reinos de la tierra a unirse en el canto de victoria y a reconocer el enorme poderío y soberanía del Señor. Él es quien da poder y fuerza a su pueblo.
35 ¡Bendito sea Dios!
La respuesta única y apropiada es bendecir a Dios. ¡Hagámoslo hoy!
Himno para este día: Recomendamos el himno número 394 “Fuente de la vida eterna” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.
Domingo de Pentecostés: “Envías tu espíritu, son creados, y así renuevas la faz de la tierra” (Salmo 104:24-35)
Pentecostés es la fiesta de las cosechas. Cada año, la nación de Israel debía celebrar la fiesta para manifestar su gratitud por las cosechas levantadas en un acto litúrgico de agradecimiento y entrega. La cosecha era testimonio vivo de la bondad de Dios al proveerles lo necesario para subsistir. El pueblo ofrendaba a Dios las primicias de sus cosechas mostrando así su gratitud y dependencia en el Señor. Era, pues, la celebración de la generosidad de Dios que había bendecido sus tierras y hecho posible un nuevo ciclo de vida para todas y todos.
El Salmo 104 es obra de un campesino poeta que ha observado y contemplado detenidamente los ciclos de la vida en la tierra y ha descubierto la mano de Dios en ellos. Ha detectado la generosidad del Señor en los pequeños y grandes detalles y ha descubierto que es un Dios providente, atento e involucrado en el sostén de todas sus criaturas. No descansa día y noche y atiende las necesidades de toda su creación en tierra, cielo y mar.
Inicia el salmo con una alabanza a Dios que es gratitud por su obra providente a favor de la creación. Cierra el salmo con las mismas palabras de alabanza que abrieron el himno: “¡Alaba, alma mía, al Señor!”. De esta manera, la nota de alabanza permea todo el salmo.
Los vv. 1-4 celebran el señorío de Dios en los cielos; los vv. 5-9 elogian a Dios por la firmeza de la tierra y los límites que ha puesto a los mares; luego, en los vv. 10-18 sobresalen el cuidado de Dios enviando lluvias que apacientan la sed y producen en la tierra el alimento de bestias salvajes y domésticas y del ser humano. Luego, en los vv. 19-23 el salmista contempla los ciclos del día y la noche y en ellos el Señor no deja de trabajar dando su sustento a las bestias y al hombre y la mujer. Cierra el salmo con los versículos que a continuación consideramos con más detalle.
24 ¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras!
¡Todas ellas las hiciste con sabiduría!
¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas!
El salmista se siente sobrecogido ante la inmensidad de la creación, de nuestro mundo. En ella, descubre el poeta campesino la sabiduría de Dios (como lo hará luego Pablo en Rom 1:20 y en 1 Co 1:21). Toda la creación abundante da testimonio de la inexpugnable sabiduría del Señor.
25 Allí está el mar, ancho e infinito,
que abunda en animales, grandes y pequeños,
cuyo número es imposible conocer.
26 Allí navegan los barcos y se mece Leviatán,
que tú creaste para jugar con él.
Ejemplo de las innumerables criaturas de Dios es el mar, él mismo enorme que es morada de muchísimos animales de todos los tamaños y donde la raza humana se aventura en el comercio y la pesca. Allí juega Dios con Leviatán (fiera, quizás el cocodrilo, que en otros pasajes es horrible y peligrosa). Halla placer en sus criaturas, aun las más temibles.
27 Todos ellos esperan de ti
que a su tiempo les des su alimento.
28 Tú les das, y ellos recogen;
abres la mano, y se colman de bienes.
29 Si escondes tu rostro, se aterran;
si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo.
Como ya lo hemos leído (vv. 10-23) todas las criaturas esperan en Dios que les da su alimento a su tiempo. Todas dependen de la buena voluntad de Dios. La vida misma, en todos sus niveles, depende de Dios. Si les oculta el rostro, mueren. Si les mira con generosidad, tienen la vida renovada.
30 Pero si envías tu Espíritu, son creados,
y así renuevas la faz de la tierra.
Desde el principio, el Espíritu Santo es el creador de la vida. En Génesis 1:2 el Espíritu ya empollaba las aguas para dar origen a la creación. De acuerdo con este salmo, es el Espíritu quien también renueva la vida en cada uno de sus ciclos, día y noche y en las estaciones, dando lluvias y alimento a todas y cada una de sus criaturas, incluyendo a la humanidad.
Es también el Espíritu quien da nueva vida al pueblo de Dios cuando se encuentra bajo los poderes de la muerte:
En Isaías 11, ante la desolación y devastación total de la vida, de un bosque totalmente talado, surge un retoño en el árbol caído, un vástago que, por la presencia del Espíritu en él, es portador de la vida. El Mesías Jesús.
Ezequiel 36:26-31 y 37, en medio de un campo de huesos secos en extremo, el profeta ve surgir la vida, por el poder del Espíritu. “Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que me obedezcan”.
Isaías 35: Frente a la total desolación del desierto, Isaías ve cómo ante sus ojos se recrea un jardín esplendoroso, como el Edén, por la obra del Espíritu.
Joel 2:28-32. El profeta anuncia que el Espíritu será derramado sobre toda carne, sin distinciones ni discriminaciones, como señal de la nueva era que el Mesías Jesús inauguró.
31 Que la gloria del Señor perdure eternamente;
que el Señor se regocije en sus obras.
32 Él mira la tierra y la hace temblar;
toca los montes y los hace echar humo.
La creación toda da testimonio de la gloria del Señor. El salmista anhela que perdure eternamente. Además ruega que el Señor encuentre placer y gozo en su creación como fue al principio: “Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno” (Gn 1:31). Que esa siga siendo la experiencia del Señor.
Su presencia imponente hace temblar la tierra y los montes, símbolos de estabilidad en la creación.
33 Cantaré al Señor toda mi vida;
cantaré salmos a mi Dios mientras tenga aliento.
34 Quiera él agradarse de mi meditación;
yo, por mi parte, me alegro en el Señor.
Esa experiencia de contemplar la creación produce cantos de alabanza en el corazón del salmista. Y debiera hacerlo en todas y todos nosotros. Y esa ha de ser la permanente respuesta del pueblo de Dios.
El gozo desbordado del poeta anhela que su salmo sea agradable a Dios. Que como él mismo se alegre de sus obras.
35 Que desaparezcan de la tierra los pecadores;
¡que no existan más los malvados!
Esta pareciera ser una nota discordante en el salmo. Pero ya entonces, el salmista estaba consciente de quienes son depredadores y destructores de la buena creación de Dios y quisiera que ellos desaparecieran de la tierra. ¿Qué habría dicho hoy ante la destrucción y contaminación de la tierra, las aguas y el aire que todas y todos hacemos? Desde las grandes industrias transnacionales, hasta los gobiernos que se hacen de la vista gorda ante las compañías que valoran más el lucro que la vida. Y hasta la manera en que en nuestros hogares e iglesias contribuimos a los dolores de parto de nuestro mundo.
35 ¡Alaba, alma mía, al Señor!
La auto exhortación a la alabanza con la que concluye el salmo es eco de sus primeras palabras. Dios debe ser alabado por su bondad hacia su creación. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!
Himno para este día: Recomendamos el himno número 218 “Señor, envía tu Espíritu Santo” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.
Tiempo ordinario, domingo de la Trinidad: La pequeñez y grandeza del ser humano (Salmo 8)
1 Oh Señor, soberano nuestro,
¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
¡Has puesto tu gloria sobre los cielos!
2 Por causa de tus adversarios
has hecho que brote la alabanza
de labios de los pequeñitos y de los niños de pecho,
para silenciar al enemigo y al rebelde.
3 Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,
4 me pregunto:
¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?
5 Pues lo hiciste poco menos que un dios,
y lo coronaste de gloria y de honra:
6 lo entronizaste sobre la obra de tus manos,
todo lo sometiste a su dominio;
7 todas las ovejas, todos los bueyes,
todos los animales del campo,
8 las aves del cielo, los peces del mar,
y todo lo que surca los senderos del mar.
9 Oh Señor, soberano nuestro,
¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
La creación nos inspira y provoca a la adoración
Dios se ha dado a conocer no sólo en su Palabra sino también por medio de su creación. Ella, como un testimonio inevitable y siempre presente, nos habla elocuentemente de su creador y refleja su gloria, sabiduría y grandeza.
Pero es necesario que nos detengamos a contemplarla y admirarla. Ese no siempre es el caso. De hecho, a menudo cuando observamos la creación, puede ser que tengamos otro tipo de lecturas e interpretaciones de lo que en ella vemos. Fenómenos naturales, científicos, o incluso religiosos. Hay quienes adoran al sol y buscan la guía de los astros.
El salmo 8 nace de la contemplación y admiración ante la inmensidad, orden y belleza de los cielos en una noche clara y serena. Y también del lugar central que el ser humano ocupa en la creación, lo cual es causa de sorpresa y adoración.
Entendiendo el salmo 8
La primera expresión que encontramos en el salmo, y con la que cierra el salmo, es un reconocimiento y admiración de la grandeza y majestuosidad de Dios:
1 Oh Señor, soberano nuestro,
¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
Puesto que cierra el círculo de su reflexión con las mismas palabras (v. 9), el salmista nos ayuda a entender que todo el salmo está envuelto en esa exclamación de admiración, gratitud y reconocimiento de su gloria excelsa. Todo lo que se dice en el salmo está impregnado de la exclamación con la que inicia.
De entrada, el salmista reconoce el señorío y la soberanía de Dios. Su creación, muestra la majestad admirable del Señor. Y evoca esta expresión profunda de adoración.
1 ¡Has puesto tu gloria sobre los cielos!
El nombre revela el ser de Dios. Y éste se manifiesta en los cielos. La gloria es la manifestación externa de su eterno poder y divinidad. Como un rey que muestra y da a conocer su señorío y grandeza por medio de los lujos y parafernalia que le rodean, así el Señor y dueño del universo da a conocer su gloria por medio de sus obras, en el cielo y en la tierra.
Al mencionar la tierra y los cielos, el salmista en realidad incluye toda la creación. Todas las obras de Dios muestran, como el gran artista que es, su grandeza y sabiduría. Y ello hace que surja del corazón creyente la admiración y reflexión.
2 Por causa de tus adversarios
has hecho que brote la alabanza
de labios de los pequeñitos y de los niños de pecho,
para silenciar al enemigo y al rebelde.
Una realidad ineludible en el mundo es la presencia activa de quienes el salmo identifica como adversarios, enemigos y rebeldes. Estos términos representan a quienes se oponen a Dios, actúan en su contra y se rebelan contra su voluntad. Hay quienes piensan que es una alusión a las fuerzas y poderes que desde la creación se manifestaban y resistían contra la obra de Dios, como Leviatán. Pero sin duda es también una clara referencia a quienes desde que existe la humanidad viven en abierta oposición contra Dios. Seres humanos que han decidido vivir en rebeldía contra su creador. Personas que a cada paso se oponen a lo que Dios hace en el mundo.
Ante estos adversarios, Dios usa lo más pequeño y aparentemente insignificante para hacerles callar. Desde la debilidad, Dios vence a sus enemigos. Hay un enorme poder en lo pequeño y débil, en lo inocente. A la luz de las palabras de Jesús a los principales sacerdotes y escribas que se negaban a reconocer a Jesús como Mesías, es la alabanza de los niños la que constituye la respuesta adecuada:
Dios usa la alabanza que sale de la boca de los niños y niñas de pecho como si fuera una fortaleza, un castillo, que resiste los embates de los enemigos de Dios. Todas las argucias y estratagemas de que se sirven los adversarios, se estrellan ante la muralla que representan las alabanzas de las y los infantes. Ellas constituyen los fundamentos sólidos de la fortaleza de Dios. La férrea oposición a Dios es contenida por los sencillos cantos de las niñas y niños. Mientras que los y las rebeldes vociferan contra Dios y su reino, las alabanzas infantiles dejan callada la oposición.
3 Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,
4 me pregunto:
¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?
La contemplación de los cielos, su grandeza y gloria, lleva al salmista a descubrir dos realidades extraordinarias. La expresión “obra de tus dedos”, indica “el trazo delicado de los cielos estrellados” (Alter). “Lo que la imagen pretende es hacer ver el carácter artesano de la creación…Es una tarea artesana menuda, cariñosa. Un pasar y repasar los dedos, modelando la forma perfecta de los astros: como vajilla, como joyas, los astros son para el poeta piezas de divina artesanía” (Schökel).
También, esa contemplación lleva al poeta a considerar la pequeñez del ser humano y, en agudo contraste, su importancia suprema y dignidad en la creación. Y entonces se pregunta e inquiere a Dios:
4 ¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?
La primera pregunta conjuga y contrasta dos realidades inexplicables. La palabra traducida como hombre (enosh) apunta a su caducidad, su fragilidad perecedera. Y a pesar de ello, Dios se acuerda o piensa en ese ser humano. Le tiene presente constantemente. Como la madre o el padre que constantemente están pendientes de sus hijos e hijas.
En la segunda pregunta, el ser humano o hijo del hombre señala también la insignificancia y pequeñez del ser humano cuando se le considera ante la enormidad y orden de la creación. Y, sin embargo, Dios “le visita, le toma en cuenta”. Es “una interrogación mezclada de admiración” (Schökel).
Acordarse y visitar son dos verbos que en el Antiguo Testamento tienen un sentido salvador y redentor, de ayuda en tiempo de escasez y necesidad (por ejemplo, Génesis 30:22; 1 Samuel 1:11, 19; Éxodo 2:24).
Otra nota relevante es que el texto se refiere al ser humano no al israelita. Es una consideración que extiende el horizonte del salmo a toda la humanidad. Es el Dios que cuida a toda su creación, a todos los seres humanos, sin limitaciones ni exclusiones. Es el Padre de Jesús que “hace que su sol salga sobre buenos y malos y llueva sobre justos e injustos” (Mt 5:45). Efectivamente, Dios se acuerda y visita con sumo cuidado y amor a todos y todas por igual.
La pregunta no es una pregunta filosófica que inquiere sobre la naturaleza del ser humano, hombre y mujer. No es una pregunta científica que intenta describir el ser mismo. Es una pregunta que parte del conocimiento cierto pero que se sorprende ante la realidad de que el artesano de un universo inexpugnable y magnífico se ocupe, preocupe y atienda a los seres humanos. ¿A qué se debe que Dios se ocupe intensamente de seres aparentemente insignificantes?
Es el mismo Dios que añadirá a nuestra sorpresa e ignorancia el hecho inefable de la encarnación de Jesús, su hijo, para redimirnos y liberarnos, para dar su vida en la cruz por nosotros.
5 Pues lo hiciste poco menos que un dios,
y lo coronaste de gloria y de honra:
6 lo entronizaste sobre la obra de tus manos,
todo lo sometiste a su dominio;
7 todas las ovejas, todos los bueyes,
todos los animales del campo,
8 las aves del cielo, los peces del mar,
y todo lo que surca los senderos del mar.
Como decíamos, la pregunta del salmista surge del conocimiento de un hecho fundamental: Dios ha puesto al ser humano como cabeza de la creación. Génesis 1 es el trasfondo de este salmo. El poeta lo tiene en mente cuando reflexiona sobre el hecho esencial de que el ser humano, hombre y mujer, ha sido creado a imagen de Dios. Y una parte esencial de dicha imagen es el dominio que hombre y mujer ejercen sobre la creación. Su lugar en ella y su papel dominante lo revelan.
El ser humano ha sido colocado poco menos o apenas por debajo de Dios (elohim). Como dice la Traducción en Lenguaje Actual: “¡Nos creaste casi igual a ti!”. Además, esa posición es una muestra clara de la honra que Dios ha concedido al ser humano:
5 lo coronaste de gloria y de honra.
Esa honra consiste en la función y tarea dada a la primera pareja (Gn 1:26-28), y que aún sigue vigente. El Salmo 8 repite esa realidad que ahora es razón de su sorpresa, admiración y estupor.
9 Oh Señor, soberano nuestro,
¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
El salmo cierra con las mismas palabras que inició. Se cierra el círculo, pero ahora la exclamación está cargada de lo que se ha dicho en el desarrollo del salmo y por ello su densidad la llena de significado. Si al principio fue el salmista quien abrió el salmo con estas palabras, ahora toda la humanidad se une en coro para repetir estas palabras de adoración y alabanza.
Nosotros y el Salmo 8
Vivimos en sociedades secularizadas. Por ello, necesitamos recuperar la capacidad de asombro de niños y niñas para descubrir en la creación la gloria de Dios. Ello nos lleva a la adoración profunda y espontánea al Señor.
Como fue con Jesús, nosotros también experimentamos cotidianamente las fuerzas del mal expresadas por adversarios, enemigos y rebeldes. Estos cada día atentan contra la vida humana y la biodiversidad del planeta.
El hecho contundente de que el ser humano, hombre y mujer, ha sido creado a imagen de Dios nos recuerda que todos y todas, sin distinciones, hemos sido revestidos de dignidad y valor más allá de nuestra comprensión. La vida humana es sagrada y por ello ha de ser protegida, dignificada y valorada. Así lo hizo Jesús y así debemos hacerlo quienes nos llamamos cristianos.
La tierra como creación de Dios, que el Señor nos entregó para cuidarla y cultivarla (Gn 2:15) es una tarea permanente que hoy día cobra una urgencia e importancia de primer orden. Ser portadores y portadoras de la imagen de Dios nos recuerda que tenemos una responsabilidad ante Dios para cuidar esa tierra que gime y sigue con dolores de parto (Ro 8:19-22). Ella sigue esperando que nos manifestemos, la defendamos y protejamos.
Himno para este día: Recomendamos el himno número 39 “Santo, Santo, Santo” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.