Isaías 42:1-9: Canto del siervo del Señor
Éste es mi siervo, a quien sostengo,
mi escogido, en quien me deleito;
sobre él he puesto mi Espíritu,
y llevará justicia a las naciones.
No clamará, ni gritará,
ni alzará su voz por las calles.
No acabará de romper la caña quebrada,
ni apagará la mecha que apenas arde.
Con fidelidad hará justicia;
no vacilará ni se desanimará
hasta implantar la justicia en la tierra.
Las costas lejanas esperan su ley.
Así dice Dios, el Señor,
el que creó y desplegó los cielos;
el que expandió la tierra
y todo lo que ella produce;
el que da aliento al pueblo que la habita,
y vida a los que en ella se mueven:
Yo, el Señor, te he llamado en justicia;
te he tomado de la mano.
Yo te formé, yo te constituí
como pacto para el pueblo,
como luz para las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
para librar de la cárcel a los presos,
y del calabozo a los que habitan en tinieblas.
Yo soy el Señor; ¡ése es mi nombre!
No entrego a otros mi gloria,
ni mi alabanza a los ídolos.
Las cosas pasadas se han cumplido,
y ahora anuncio cosas nuevas;
¡las anuncio antes que sucedan! (Isaias 42:1-9).
La unción y misión divina (v. 1)
“¡Miren a mi siervo! a quien sostengo,mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu, y llevará justicia a las naciones” (v.1).
El canto del siervo del Señor abre con una llamada a nuestra atención de parte de Dios: “Miren…”. Dios quiere que pongamos atención, que miremos con detenimiento a su siervo que va a cumplir su voluntad y propósitos de bien y vida para la humanidad.
Lo describe como su escogido y expresa que él mismo, el Señor, lo sostiene y se deleita en él. Este lenguaje señala su profundo agrado y deleite y la plena certeza de que su siervo cumplirá sus propósitos de bienestar y shalom para todas las personas. Y ello le proporciona a Yahvé una profunda satisfacción.
El siervo es ungido con el Espíritu, Señor y dador de vida, para una misión universal: promover, difundir, sacar adelante y hacer una realidad la justicia entre las naciones. La justicia, expresada en la Torá, la Ley o instrucción, pone orden en la vida social y es el medio para que todas y todos vivamos y experimentemos la armonía en todas nuestras relaciones: con Dios, con nuestro prójimo y con la creación. Es la pedagoga que nos toma de la mano y nos guía como maestra fiel a vivir de la mejor manera, agradable a Dios y que honra la vida en todas sus formas. La justicia trae orden en medio del caos de la existencia humana, de la vida en nuestras comunidades.
El estilo de la misión (vv. 2-4)
No clamará, ni gritará,
ni alzará su voz por las calles.
No acabará de romper la caña quebrada,
ni apagará la mecha que apenas arde.
Con fidelidad hará justicia;
no vacilará ni se desanimará
hasta implantar la justicia en la tierra.
Las costas lejanas esperan su ley (vv. 2-4).
Dios describe el estilo de liderazgo de su siervo amado como uno caracterizado por su sencillez y discreción, carente de ostentación y pretensión. No busca llamar la atención a sí mismo.
Al mismo tiempo, el siervo de Yahvé es sumamente cuidadoso hacia lo débil y frágil. El pueblo de Israel se encontraba en el exilio y su situación era vulnerable y frágil en extremo. Era como una caña quebrada o una mecha a punto de apagarse (v.3). El siervo de Yahvé será sensible y atento a quienes están a punto de perecer. ¡Cuántos pábilos humeantes y cañas quebradas había en el exilio de entonces y en el exilio de los días de Jesús y en que vivimos hoy día!
Por ello Mateo aplica apropiadamente estas palabras a la misión de Jesús, el siervo del Señor: “Muchos lo siguieron, y él sanó a todos los enfermos, pero les ordenó que no dijeran quién era él. Esto fue para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías” (Mt 12:15-16).
Jesús hacía bien a la gente sin buscar publicidad o prestigio. Lo hacía movido por su amor y misericordia a los necesitados (ver Mateo caps. 8-9). No para crear un espectáculo en el cual él era la figura central.
De inmediato, Isaías señala la persistencia y fidelidad del siervo para cumplir su misión: “No vacilará ni se desanimará”. Sabemos que Jesús enfrentó muchísimos obstáculos y oposición a su tarea: de los líderes de los judíos, del pueblo e incluso de sus discípulos. Los capítulos 11 y 12 de Mateo tienen como tema central la oposición creciente que Jesús experimentó durante su ministerio. Pero no desmayó.
“Hasta implantar la justicia en la tierra” (v.4). Dios quería que su siervo creara un modelo de vida en plenitud en esta tierra, “justicia”, y Jesús no cesó hasta que lo hizo. Si existe en este mundo un modelo de cómo la vida debe ser, de cómo hemos de vivir para que la vida florezca sobre todo para las y los marginados y excluidos de ella, es el que estableció Jesús. Perseveró hasta ver el propósito de Dios hecho realidad.
Si existe en este mundo un modelo de cómo la vida debe ser, de cómo hemos de vivir para que la vida florezca sobre todo para las y los marginados y excluidos de ella, es el que estableció Jesús.
Por ello, esta parte del canto asegura que “las costas lejanas esperan su ley” (v.4). Lo cual repite ahora que la obra del ungido con el Espíritu tiene un alcance y objetivo internacional, es para “todas las naciones” (v.1). La vida plena que Jesús ha traído es esperada y anhelada por toda la gente.
Así concluye la descripción, el mensaje que Dios nos da de su siervo.
El Dios de la vida, creador y sustentador (vv. 5-7)
Así dice Dios, el Señor,
el que creó y desplegó los cielos;
el que expandió la tierra
y todo lo que ella produce;
el que da aliento al pueblo que la habita,
y vida a los que en ella se mueven: (vv. 5-7).
Dios se dirige ahora a su siervo. Le habla directamente. Y como preludio a sus palabras, le recuerda quién es como Dios. La misión del siervo de dar vida en un desierto, en un campo de huesos secos en gran manera, es precedida por la autodescripción de lo que Dios es y hace en el mundo.
Él es el Dios creador que con cuidado y pericia artesanal produjo un mundo hermoso y fructífero, generador de vida. El Señor con su Espíritu da vida a la humanidad, mujeres y hombres, y a toda su creación, a cada una de sus criaturas (Salmo 104).
El siervo debe recordar que está del lado del Dios de la vida, cuyo interés primordial es extender esa vida donde el imperio de la muerte domina. Donde la misma humanidad está como “cañas quebradas y pábilos a punto de extinguirse”.
Yo, el SEÑOR, te he llamado en justicia;
te he tomado de la mano.
Yo te formé (te cuido), yo te constituí
como pacto para el pueblo,
como luz para las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
para librar de la cárcel a los presos,
y del calabozo a los que habitan en tinieblas (vv. 6-7).
Ahora Yahvé se dirige a su siervo para comisionarlo para su tarea y misión: hacer que prevalezca la justicia. Es un llamado de Dios que incluye el cuidado y dirección del Señor: “te he tomado de la mano y te preservo” (una mejor traducción).
Luego de confirmarle su llamado y el cuidado especial que ha de recibir del Señor, sigue la descripción de su misión:
yo te constituí
como pacto para el pueblo,
como luz para las naciones (v. 6).
Su tarea empieza por ser el enlace para restaurar el pacto de Dios con su pueblo. El siervo será un vínculo renovado por Dios con su pueblo. El pacto violado por Israel será renovado por la presencia y ministerio del siervo de Yahvé. El siervo será una oferta de amnistía a una nación rebelde. Él es el eje de la reconciliación en todas sus dimensiones, con Dios, con nuestro prójimo y con la creación.
El siervo de Yahvé ofrece la posibilidad de una nueva vida a una nación que sufre las consecuencias de su rebelión en el exilio. Juan Bautista y Jesús predicaron el arrepentimiento y la fe en las buenas nuevas como la puerta para una nueva vida. Ese arrepentimiento implicaba la restauración de una vida social en la que se renuncia a la opresión, el soborno y el abuso y por el contrario se vive en solidaridad con los más necesitados (Lucas 3:10-14).
Esta restauración del pacto es también una luz para las naciones que también necesitan y buscan una nueva manera de vivir en armonía y paz. Así lo entendió Simeón (Lc 2:32).
Jesús declaró que él es la luz del mundo (Juan 8:12). Y esa función la extiende a nosotros su pueblo: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5:14). Pablo se apropia de la profecía de Isaías para describir su propio ministerio (Hech 13:47 y 26:23).
para abrir los ojos de los ciegos,
para librar de la cárcel a los presos,
y del calabozo a los que habitan en tinieblas (v.7).
Esa misión se concreta en acciones específicas que se inspiran en el exilio y describe a personas encarceladas, privadas de la luz, que habitan en las tinieblas.
para abrir los ojos de los ciegos,
para librar de la cárcel a los presos,
y del calabozo a los que habitan en tinieblas (v.7).
Literalmente fue lo que hizo Jesús, tanto física como espiritualmente. Sanó a la gente de su ceguera física y también mental. Eso hacen las buenas nuevas. Liberó a la gente de las cadenas que les esclavizaban (religiosas, sociales, culturales) para darles libertad.
El Dios celoso de su gloria anuncia las buenas nuevas de una nueva creación (vv. 8-9)
Yo soy el Señor; ¡ése es mi nombre!
No entrego a otros mi gloria,
ni mi alabanza a los ídolos.
Las cosas pasadas se han cumplido,
y ahora anuncio cosas nuevas;
¡las anuncio antes que sucedan! (vv.8-9).
En un contexto politeísta, en el que al parecer los dioses babilónicos son superiores al Dios de Israel, Yahvé afirma su unicidad, su nombre Yahvé, el Dios del pacto. No hay otro. Esa afirmación es esencial para un pueblo que escuchaba a diario la narrativa que hacía centrales los dioses de Babilonia. Esa era la realidad construida por la propaganda de aquella cultura y debía socavarse. Eso es cierto también ante los muchos ídolos y dioses que se nos presentan cotidianamente como proveedores de significado e identidad. Hoy necesitamos poner atención al Señor que nos afirma que no hay otro dios, sino Yahvé. Él no comparte su gloria ni su adoración con los dioses del mundo y de nuestras culturas, sean políticos, económicos o sociales.
Dios anuncia una nueva creación, un reino de vida para toda la humanidad y para su creación. Ese reino de justicia lo hará posible el siervo de Yahvé, Jesús el ungido de Dios, el Mesías. Y efectivamente, Jesús puso en marcha ese reino de justicia (Mt 6:33). Nosotros también somos llamados a continuar la obra que él inició, imitando su ministerio bajo el poder del Espíritu: Sembrando la justicia para todas y todos; con ternura restaurando a “las cañas quebradas y a los pábilos a punto de extinguirse”, dando vista a los ciegos y liberando a los presos de sus cadenas. Con perseverancia y sin desmayar, trabajar día a día por hacer de la justicia una realidad en la vida de nuestras comunidades; conscientes de que servimos e imitamos al Dios de la vida que quiere dar vida en abundancia a todas y todos. Al Dios que en Jesús ha inaugurado una nueva creación y que nos llama cotidianamente a sembrar semillas de su nueva creación.