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February 11, 2026

El documento analiza el papel de Lamentaciones en la liturgia cristiana durante la Cuaresma, centrándose en la tragedia de Jerusalén tras la invasión babilónica en 586 a. C. Destaca el sufrimiento extremo vivido, las preguntas sobre el papel de Dios ante la catástrofe y la reflexión sobre los pecados del pueblo. A pesar del dolor y el odio generados, surge una nota de esperanza al recurrir a la memoria y la fe. Finalmente, se propone utilizar las cinco elegías del libro de Lamentaciones como inspiración para reflexionar sobre el sufrimiento y la esperanza en contextos contemporáneos.

Las Lamentaciones: elegías para hoy

Lo inimaginable sucedió. La ciudad que era orgullo de la nación, asiento del templo de Dios, que se creía inexpugnable, había sido conquistada por el ejército invasor de Nabusardán (586 a. C).

La crueldad e inhumanidad del ejército invasor fue sin paralelo. Primero, meses de sitio y asedio; la carencia de agua y alimentos fueron diezmando y debilitando a los habitantes de Jerusalén con escenas espantosas de canibalismo. Luego, la destrucción de la ciudad, la masacre contra la población, las violaciones y abusos, la espada inmisericorde que no perdonaba ni a ancianos, mujeres o niños. La tragedia y el horror no tenían antecedentes en la historia de Israel.

Ante la catástrofe, surgían preguntas profundas y amargas con respecto a Dios. ¿Era Yahvé quien había permitido, ocasionado semejante cataclismo? ¿por qué? La queja es una constante en el libro.

El poeta responde y reconoce que los múltiples pecados del pueblo han provocado la ira de Dios contra su nación. Pecados de idolatría y de injusticia y opresión contra el prójimo (como lo denunciaron repetidamente los profetas). Aunque en momentos parece sugerir el poeta que el castigo ha sido desproporcionado y cruel.

Además de la bestialidad mostrada por los conquistadores, surgía en el corazón de los vencidos el odio y deseos de venganza contra sus conquistadores. Los mismos habitantes de la ciudad deseaban que Dios castigara a los babilonios y que sufrieran igual o más de lo que ellos mismos habían sufrido (ver Salmo 137 o Lamentaciones 1: 22). Conquistadores y conquistados ante la violencia extrema sufrían el mismo proceso de deshumanización. En tales circunstancias, ¿es posible algo más que el dolor y el odio?

En medio de la desolación de la ciudad e interna en la vida del pueblo de Dios, surge, sin embargo, la nota de esperanza. Como único refugio en medio de la tormenta, el poeta recurre a la memoria, a la lectura atenta de su espantosa realidad, y descubre señales de vida y aliento. Mira al Señor.

El sufrimiento extremo que vivieron las y los habitantes de Jerusalén dio lugar a las cinco elegías contenidas en este libro de las Lamentaciones. Cada una, compuesta de veintidós versículos, usa el alefato hebreo para iniciar cada una de sus líneas con una letra en orden sucesivo, de principio a final (excepto la quinta). En la tercera elegía, se usa cada letra como inicio de cada tres versículos. Como dice Schökel en su comentario a Lamentaciones: “Es el abecé del llanto. Como si el dolor interno tuviera que expresarse en todo el teclado de las letras o en todos los registros del lenguaje” (Schökel, p. 184).

En esta temporada de Cuaresma, inspirada en los cuarenta días de Jesús y sus tentaciones en el desierto, nos resultarán adecuadas las reflexiones de las Lamentaciones. Estas hablan poderosamente de las tragedias que muchos de nuestros pueblos y naciones han sufrido y sufren hasta el día de hoy. Ofrecemos cinco sermones para cada una de las elegías.

 

Primer domingo de Cuaresma:  “¿Hay dolor como mi dolor?”

Al leer el texto, debemos distinguir dos voces: la del poeta y la de la ciudad personificada como una viuda. Muy bien se puede hacer una lectura antifonal durante el culto.

Inicia el poeta (vv. 1-9a), habla la mujer viuda y desolada (v. 9b), regresa la voz del poeta (vv. 10-11a), levanta su voz de amargura la mujer-Jerusalén (11a-16), vuelve la voz del poeta (17) y concluye su endecha la viuda doliente (vv. 18-22).

Los temas se van alternando y nos dibujan una realidad desoladora, en la ciudad, y en las voces que hablan:

El poeta: Expresa su lamento por la desolación, amargura y desconsuelo ante la destrucción de la ciudad y el cautiverio; la causa por la multitud de rebeliones; contempla el abandono, violación y desolación de la ciudad; endecha la hambruna de sus habitantes (sacerdotes, vírgenes, príncipes, niños y niñas); llora el abandono de los vecinos y observa la destrucción de los enemigos.

La mujer: Da voz a su profundo dolor ante el abatimiento, llora la ausencia de compasión de los que pasan por el camino; tiene conciencia de que es un castigo de Dios que implacablemente se ensaña sobre ella; reconoce el pecado que han cometido; sufre el engaño y abandono de sus amantes; lamenta la hambruna y la violencia en todos lados, fuera y dentro de la casa; expresa sus deseos de venganza y el odio que tiene hacia el  violento invasor y que al final deshumaniza también a las víctimas. La reacción de Jesús a la violencia que sufrió nos lo muestra.   

Todo ello surge del hecho de que la mujer ha tocado fondo en su amargura y sufrimiento. Aunque en ocasiones pareciera que no hay un fondo. El suyo es el lenguaje del dolor intenso, surge desde las profundidades de la angustia: “Desde lo más profundo de la fosa” (Lam 3: 55). Y parece que no hay dolor comparable al que ella está viviendo.

En todos estos temas debemos subrayar que la presencia del Señor está siempre presente en la mente y el corazón de las voces de la elegía. Se sufre, se queja y se lamenta en la presencia de Dios, interpelándole y haciéndole testigo de la catástrofe vivida. Dios está presente como el castigador severo que ha desatado su ira sobre la nación.

“Las Lamentaciones, por la grandeza del dolor (2:13) y por la intensidad de su expresión, nos conducen hasta ese límite de nuestra experiencia humana en que nos sentimos pequeños frente a la grandeza del sufrimiento, lo inmenso de la crueldad humana y la amenaza del odio en nosotros. Desde lo hondo del llanto levantamos ojos y corazón (3:41), buscando algo más grande que el dolor y el odio: 5:19; 3:23; 3:32” (Schökel p. 188).

La descripción que hace el poeta, lamentablemente, es una realidad presente en muchas comunidades de América y el Caribe que han sufrido y siguen sufriendo la devastación y los horrores de la violencia. Podemos escuchar esta elegía y descubrir que en nuestras comunidades se encuentran muchas de esas realidades: la violencia y el hambre que obliga a hombres, mujeres, niñas y niños a emigrar; pueblos fantasmas, abandonados por la ausencia de quienes salieron a buscar el sustento de la familia; comunidades desoladas por los narcotraficantes. Y también los horrores de la guerra: los genocidios con la devastación y la estela de muerte indiscriminada que dejan a su paso, a menudo legitimados por la religión. La angustia y el terror de las deportaciones que destruyen familias y barrios. Las y los desaparecidos por organizaciones criminales y gobiernos que dejan hondas huellas de sufrimiento en sus familias y barrios.

La historia occidental cuenta con multitud de episodios sangrientos. A partir de la  conquista de españoles y portugueses en las Américas y de los ingleses en el norte. Los genocidios de la cristiandad fueron la marca de esas conquistas que eliminaron a poblaciones enteras para apropiarse de sus tierras y bienes.

“En un día de dolor intenso, el poeta nos legó este pequeño abecé del llanto, para que aprendamos a sumarnos a un duelo que es columna vertebral de la historia. Porque la belleza violada, las ciudades en escombros, la crueldad y el odio aún no han terminado” (Schökel, p. 184).

“El catálogo de horror es algo que, lamentablemente, seguimos viendo que se repite en varias formas en todo el globo… Uno entiende fácilmente por qué la tradición judía hizo de la recitación de estos cinco lamentos un ritual anual no solo para conmemorar la destrucción del primer templo o el segundo, sino también como un camino para desentrañar la violencia terrible y recurrente que ha ensombrecido dos milenios de historia” (Alter, p. 645).

Esta elegía inicial constituye la primera fase de la tragedia que se ha experimentado. Es un río doliente que fluye impetuosamente y se desborda hasta arrasar con todo lo que encuentra a su paso. 

Escuchemos las voces que aquí se expresan:

El poeta:

¡Ay, cuán desolada se encuentra
la que fue ciudad populosa!
¡Tiene apariencia de viuda
la que fue grande entre las naciones!
¡Hoy es esclava de las provincias
la que fue gran señora entre ellas! (v. 1).

Sus enemigos se volvieron sus amos;
¡tranquilos se ven sus adversarios!
El Señor la ha acongojado
por causa de sus muchos pecados.
Sus hijos marcharon al cautiverio,
delante del adversario (esta línea RVR95) (v. 5).

Grave es el pecado de Jerusalén;
¡por eso se ha vuelto impura!
Los que antes la honraban ahora la desprecian,
pues han visto su desnudez;
ella misma se deshace en llanto,
y no se atreve a dar la cara (v. 8).

Todo su pueblo solloza
y anda en busca de pan;
para mantenerse con vida
cambian por comida sus tesoros (v. 11).

La mujer:

Fíjense ustedes, los que pasan por el camino:
¿Acaso no les importa?
¿Dónde hay un sufrimiento como el mío,
como el que el Señor me ha hecho padecer,
como el que el Señor lanzó sobre mí
en el día de su furor? (v. 12).

Pesan mis pecados como un yugo sobre mí;
Dios mismo me los ató con sus manos.
Me los ha colgado al cuello,
y ha debilitado mis fuerzas.
Me ha entregado en manos de gente
a la que no puedo ofrecer resistencia (v. 14).

Llamé a mis amantes,
pero ellos me traicionaron.
Mis sacerdotes y mis ancianos
perecieron en la ciudad,
mientras buscaban alimentos
para mantenerse con vida (v. 19).

¡Mírame, Señor, que me encuentro angustiada!
¡Siento una profunda agonía!
Mi corazón está desconcertado,
pues he sido muy rebelde.
Allá afuera, la espada me deja sin hijos;
aquí adentro, hay un ambiente de muerte (vv. 19-20).

¡Que llegue a tu presencia
toda su maldad!
¡Trátalos como me has tratado a mí
por causa de todos mis pecados! (v. 22).

 

Segundo domingo de Cuaresma:  “Mira, Señor, y ponte a pensar: ¿A quién trataste alguna vez así?”

En la segunda elegía, Dios es quien ocupa el lugar central. Dios es quien ha desatado su furor contra Jerusalén y el templo, es el protagonista de la destrucción: “Sin compasión el Señor ha destruido todas las moradas de Jacob” (v. 2). Esa es la nota dominante de este lamento, la severidad y falta de compasión de Dios. Es similar a Job, solo que ahora no es una tragedia personal, es una catástrofe nacional.

           El poeta se queja ante Dios. Describe la desolación de la ciudad y el engaño de los falsos profetas. Las burlas de los vecinos y la crueldad inhumana de los enemigos (vv. 1-17) y hacia el final (vv. 18-19) se dirige a la ciudad para que manifieste su dolor y angustia ante Dios y lo conmueva con el argumento del sufrimiento vivido, particularmente de los infantes, niñas y niños. La mujer lo hace y eleva a Dios una súplica desde lo hondo de su desolación (vv. 20-22).

Estas son algunas líneas selectas de esta atrevida y valiente elegía que describe con agudo dramatismo el costo humano de la invasión: “Profundas como el mar son tus heridas. ¿Quién podría devolverte la salud?” (v. 13). 

El poeta:

El Señor decidió derribar
la muralla que rodea a la bella Sión.
Tomó la vara y midió;
destruyó sin compasión (v. 8).
El llanto me consume los ojos;
siento una profunda agonía.
Estoy con el ánimo por los suelos
porque mi pueblo ha sido destruido.
Niños e infantes desfallecen
por las calles de la ciudad (v. 11).

¿Dónde hay pan y vino?,
preguntan a sus madres
mientras caen por las calles
como heridos de muerte,
mientras en los brazos maternos
exhalan el último suspiro (v. 12).

Tus profetas te anunciaron
visiones falsas y engañosas.
No denunciaron tu maldad;
no evitaron tu cautiverio.
Los mensajes que te anunciaban
eran falsas patrañas (v. 14).

El poeta aconseja a la mujer:

Eleva tus manos a Dios en oración
por la vida de tus hijos,
que desfallecen de hambre
y quedan tendidos por las calles (v. 19).

Levántate y clama por las noches,
cuando empiece la vigilancia nocturna.
Deja correr el llanto de tu corazón
como ofrenda derramada ante el Señor.

La mujer alza la voz:

Mira, Señor, y ponte a pensar:
¿A quién trataste alguna vez así?
¿Habrán de comerse las mujeres
a sus hijos, fruto de sus entrañas?
¿Habrán de matar a sacerdotes y profetas
en el santuario del Señor?

Jóvenes y ancianos por igual
yacen en el polvo de las calles;
mis jóvenes y mis doncellas
cayeron a filo de espada.
En tu enojo les quitaste la vida;
¡los masacraste sin piedad!

Como si invitaras a una fiesta solemne,
enviaste contra mí terror de todas partes.
En el día de la ira del Señor
nadie pudo escapar, nadie quedó con vida.
A mis seres queridos, a los que eduqué,
los aniquiló el enemigo (vv. 20-22).

 

Tercer domingo de Cuaresma: “Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza:Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!”  (v. 23)

Esta elegía-reflexión es el corazón de todo el libro. El tono de esta tercera lamentación se presenta en primera persona. Ahora es Jeremías quien habla y expresa su atroz sufrimiento y agudo dolor. Dios es quien los ha castigado tenazmente y sin darles ninguna clase de respiro (vv. 1-18). Se ha ensañado con él, vicario de su pueblo, tal como el enemigo que sitió su ciudad (v. 5); lo encarceló con duras cadenas (v. 7); lo acechó como un oso o un león (v. 10); lo persiguió a flechazos como el ejército invasor (vv. 12-13); le dio a beber hiel y ajenjo (v. 15); le hizo morder piedras al estrellarlo contra el polvo (v. 16); y, al final, perdió sus fuerzas para vivir y su esperanza en Dios (v. 18).

Sin embargo, Jeremías interpela a Dios presentando su amargura y depresión como argumento (vv. 19-20) y, entonces, surge un punto de inflexión: Jeremías “reprime la queja para ahondar en la reflexión” (Schökel). Se mueve de la descripción solidaria del sufrimiento de su pueblo y el propio, a la reflexión y memoria de lo que Dios ha hecho por su pueblo en el pasado, y de allí renace la esperanza (vv. 21-33). La justicia de Dios en la historia es causa de aliento (vv. 34-38) y motivo para el autoexamen, arrepentimiento y conversión (vv. 39-42) que también conducen a la esperanza. La reflexión busca encontrarle sentido al dolor y trascenderlo.

Vuelve a describir la ira de Dios y la crueldad de los enemigos que han ocupado su ciudad ante la indiferencia de Dios que no escucha el clamor de su pueblo (vv. 43-54). Resurge la memoria de la fidelidad de Dios y su respuesta oportuna en el pasado (vv. 55-60) y cierra esta lamentación con un ruego de venganza contra los que han violentado sin piedad a su pueblo (vv. 61-66).

Las siguientes líneas son representativas de lo que hemos descrito:

Yo soy aquel que ha sufrido la aflicción
bajo la vara de su ira.
Me ha hecho andar en las tinieblas;
me ha apartado de la luz.
Una y otra vez, y a todas horas,
su mano se ha vuelto contra mí. (vv.1-3).

Me vigila como oso agazapado;
me acecha como león.
Me aparta del camino para despedazarme;
¡me deja del todo desvalido! (vv. 10—11).

Me ha estrellado contra el suelo;
me ha hecho morder el polvo.
Me ha quitado la paz;
ya no recuerdo lo que es la dicha.
Y digo: «La vida se me acaba,
junto con mi esperanza en el Señor (vv. 16-18).

Pero algo más me viene a la memoria,
lo cual me llena de esperanza:
El gran amor del Señor nunca se acaba,
y su compasión jamás se agota.
Cada mañana se renuevan sus bondades;
¡muy grande es su fidelidad!  (vv. 21-23).

Cuando se aplasta bajo el pie
a todos los prisioneros de la tierra,
cuando en presencia del Altísimo
se le niegan al hombre sus derechos
y no se le hace justicia,
¿el Señor no se da cuenta? (vv. 34-36).
¿Por qué habría de quejarse en vida
quien es castigado por sus pecados?

Hagamos un examen de conciencia
y volvamos al camino del Señor.
Elevemos al Dios de los cielos
nuestro corazón y nuestras manos.
Hemos pecado, hemos sido rebeldes,
y tú no has querido perdonarnos (vv. 39-42).

Me duele en lo más profundo del alma
ver sufrir a las mujeres de mi ciudad. (v. 51).

¡Dales, Señor, su merecido
por todo lo que han hecho!
Oscurece su entendimiento,
¡y caiga sobre ellos tu maldición!
Persíguelos, Señor, en tu enojo,
y bórralos de este mundo (vv. 64-66).

 

Cuarto domingo de Cuaresma: “Con sus manos, mujeres compasivas cocinaron a sus propios hijos,  y esos niños fueron su alimento” (v. 10)

La cuarta elegía muestra con espanto y horror las profundidades de la perversión humana, la pérdida de los valores más elementales en el pueblo de Dios. La deshumanización de gente piadosa ha rebasado los límites y actúan peor que bestias.

Lo más valioso que la ciudad tenía, el oro, ahora está regado como el polvo por las calles (v. 1); los ricos que antes lo lucían, ahora lucen como piezas corrientes de barro (v. 2); la gente de Jerusalén ya no tiene sentimientosson peores que los chacales y más se parecen a las avestruces que abandonan a sus crías (v. 3); nadie alimenta a los pequeñuelos (v. 4); mujeres compasivas ahora devoran a sus hijos e hijas (v. 10); los profetas y sacerdotes, supuestos modelos de piedad, han derramado sangre inocente en las calles y andan como ciegos en ellas tropezando en esos cadáveres (v. 13); no hay respeto alguno hacia los sacerdotes ni ancianos (un alto valor en esa cultura) (v. 16).

La violencia de la hambruna y la espada ha alcanzado a toda la población: los ricos de Sión (vv. 2, 5), los niños y niñas (v. 4), los príncipes (vv. 7-8), las madres piadosas (v. 10), profetas, sacerdotes y ancianos (vv. 13, 16) y el mismo rey (v. 20).

           Dos veces se menciona el pecado del pueblo, causante de la catástrofe: “Más grande que los pecados de Sodoma es la iniquidad de Jerusalén” (vv. 6, 13); y dos veces se menciona a Dios como protagonista del castigo de la ciudad (vv. 11 y 16). La confianza en los aliados ha resultado fútil (v. 17), las mismas naciones vecinas se maravillan de la caída de la ciudad (v. 12) y el ejército conquistador, como aves de rapiña, se ensaña sin misericordia alguna contra ellos (vv. 18-19).

           Hay una nota de esperanza y alivio: Dios terminará con el exilio (v. 22a). Concluye esta lamentación interpelando a Edom y augurando su castigo (vv. 21-22). 

           Leamos algunos versículos intensos y dramáticos de esta elegía:

A los apuestos habitantes de Sión,
que antaño valían su peso en oro,
hoy se les ve como vasijas de barro,
¡como la obra de un alfarero! (v. 2).

Hasta los chacales ofrecen el pecho
y dan leche a sus cachorros,
pero Jerusalén ya no tiene sentimientos;
¡es como los avestruces del desierto! (v. 4).

Tanta es la sed que tienen los niños,
que la lengua se les pega al paladar.
Piden pan los pequeñuelos,
pero nadie se lo da (v. 5).

¡Dichosos los que mueren por la espada,
más que los que mueren de hambre!
Torturados por el hambre desfallecen,
pues no cuentan con los frutos del campo (v. 9).

Con sus manos, mujeres compasivas
cocinaron a sus propios hijos,
y esos niños fueron su alimento
cuando Jerusalén fue destruida (v. 10).

Por los pecados de sus profetas.
Por las iniquidades de sus sacerdotes.
¡Por derramar sangre inocente
en las calles de la ciudad! (v. 13).

El Señor mismo los ha dispersado;
ya no se preocupa por ellos (v. 16).

A cada paso nos acechan;
no podemos ya andar por las calles.
Nuestro fin se acerca, nos ha llegado la hora;
¡nuestros días están contados! (v. 18).

Tu castigo se ha cumplido, bella Sión;
Dios no volverá a desterrarte.
Pero a ti, capital de Edom, te castigará por tu maldad
y pondrá al descubierto tus pecados (v. 22).

 

Quinto domingo de Cuaresma: “Permítenos volver a ti, Señor, y volveremos; devuélvenos la gloria de antaño” (v. 21) 

La quinta elegía ha sido titulada por la tradición como “La oración del profeta Jeremías”. El profeta habla en primera persona plural, representando al pueblo sometido y dando así voz a lo que escuchaba en las calles. El tema central de esta lamentación es una descripción de la situación trágica del pueblo ocupado por los enemigos. Se extiende el poeta en su narración y busca así conmover a Dios y hacer que se vuelva a ellos: “Recuerda, Señor, lo que nos ha sucedido; toma en cuenta nuestro oprobio” (v. 1).

 

Esta es la vía crucis de la nación: Su tierra está en manos de extranjeros (v. 1); sus familias desintegradas por la violencia (v. 3); las necesidades básicas para sobrevivir, agua y leña, se pagan a un alto costo (v. 4) y tienen que conseguir comida en los imperios vecinos (v. 5) o en el peligroso desierto arriesgando su precaria vida (v. 9); se están muriendo de hambre (v. 10); sus mujeres han sido violadas (v. 11); jefes y ancianos han sido colgados (v. 12); jóvenes y niños son explotados y sufren abusos con trabajos forzados (v. 13); no pueden celebrar alegres el día de reposo y sus fiestas (vv. 14-15) y se han quedado sin rey (v. 16) siendo gobernados por esclavos (v. 8). Los enemigos insaciables y crueles les persiguen sin descanso (v. 5). 

 

Todo esto ante un Dios que parece impasible (v. 22). Se llama a Dios a recordar (v. 1) el sufrimiento del pueblo. Reconocen los pecados de sus padres que ahora ellos tienen que pagar con el castigo que sufren (v. 7). Es que Dios se ha excedido en su ira (v. 22). De allí surge la queja por el abandono de Dios (v. 20) que es soberano Señor de la historia (v. 19); el ruego de que les convierta o haga volver a Yahvé y su gloria sea restaurada (v. 21).

Los siguientes textos son representativos de la oración-elegía:

Recuerda, Señor, lo que nos ha sucedido;
toma en cuenta nuestro oprobio (v. 1).

No tenemos padre, hemos quedado huérfanos;
viudas han quedado nuestras madres.
El agua que bebemos, tenemos que pagarla;
la leña, tenemos que comprarla (vv. 3-4).

Nuestros padres pecaron y murieron,
pero a nosotros nos tocó el castigo (v. 7).

Exponiéndonos a los peligros del desierto,
nos jugamos la vida para obtener alimentos (v. 9).

En Sión y en los pueblos de Judá
fueron violadas casadas y solteras (v. 11).

A nuestros mejores jóvenes los pusieron a moler;
los niños tropezaban bajo el peso de la leña (vv. 13-14).

En nuestro corazón ya no hay gozo;
la alegría de nuestras danzas se convirtió en tristeza (v. 15).

¿Por qué siempre nos olvidas?
¿Por qué nos abandonas tanto tiempo?
Permítenos volver a ti, Señor, y volveremos;
devuélvenos la gloria de antaño (vv. 20-21).