Día de Todos los Santos, primer domingo de noviembre: Las bienaventuranzas (Mateo 5:1-12)
Las bienaventuranzas constituyen la carta magna, la constitución, para los discípulos de Jesús. Ellas describen aquello que constituye la verdadera dicha en la vida, lo que hace que la vida sea plena y, por ello, feliz.
Dos temas centrales sobresalen en las ocho bienaventuranzas y las definen: El reinode los cielos y la justicia. El reino se menciona en la primera y en la última bienaventuranza; es así una inclusión que permea a todas las demás. La justicia se menciona al final de la cuarta y de la octava bienaventuranzas, por ello, las marcamos con rojo. Así, cada sección de cuatro bienaventuranzas cierra con el tema de la justicia.
Ambos términos se relacionan íntimamente más adelante en el sermón del monte: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt 6:33). De esta manera, el don de Dios, el reino, y su demanda ética, la justicia, se unen inextricablemente. Los discípulos de Jesús no pueden ni deben separar ambas realidades. El reino de Dios fue inaugurado por Jesús y es tarea nuestra manifestarlo aquí y ahora.
Las bienaventuranzas se van desdoblando una tras otra. El significado de la primera muestra otra faceta en la segunda, y ambas, en la tercera, y así sucesivamente. Es decir, la primera no agota su sentido en sí misma y, entonces, se amplía en la siguiente, y así hasta la última. Las bienaventuranzas no describen ocho diferentes tipos de personas; describen al discípulo que, en su seguimiento de Jesús, se va desarrollando y creciendo para mostrar las virtudes aquí mencionadas. Las bienaventuranzas son una expresión multifacética de una persona que las ilustra concretamente, Jesús, a quien somos llamados a imitar.
En este día de todos los santos, la predicación de las bienaventuranzas es un excelente recordatorio de que los discípulos de Jesús, el pueblo santo de Dios, deben ser guiados por ambas realidades: el don del reino y sus demandas de justicia.
El tema de cada bienaventuranza es amplio, y sugerimos predicar cada una en estos meses. También se puede hacer una introducción general de todas y así seguir con el calendario litúrgico.
“Dichosos los pobres en espíritu,porque el reino de los cielos les pertenece” (Mateo 5:3)
La expresión pobres en espíritu requiere ser bien entendida. En espíritu es expresión del dinamismo de la vida. Se refiere a una actitud, a una intencionalidad permanente con respecto a la pobreza. Como característica del discípulo, es una actitud de pobreza espiritual que se manifiesta en la vida al menos en tres direcciones:
A. Hacia Dios. A la luz de Isaías 66:2 y otros pasajes, el pobre en espíritu es el que reconoce su pobreza espiritual y moral, de hecho, su bancarrota, ante Dios. Este es el primer paso fundamental hacia Dios. Sin él, no es posible el nuevo nacimiento, la nueva vida y el discipulado. Esto va en contra de la autosuficiencia y la soberbia del ser humano. Es una genuina humildad.
B. Hacia el prójimo. Un correcto conocimiento de nosotros mismos, de nuestra pobreza espiritual, resulta en relaciones adecuadas con los demás, sea en la familia, el trabajo, la iglesia o la sociedad.
El que es pobre en espíritu reconoce su propia pobreza ante los demás y se solidariza con la pobreza de otros. Esto incluye la pobreza material y también la moral. Y así busca, para sí mismo y para los demás, resolver y subsanar la miseria de otros: el hambre y la sed, la carencia de un techo (del inmigrante), la falta de ropa, la enfermedad y la cárcel (ver Mt 25:35-40). Este pasaje ilustra elocuentemente lo que significa ser pobre en espíritu. Somos generosos con los demás porque reconocemos que sus necesidades y flaquezas están presentes en nuestra vida. Esto provoca un sentido profundo de solidaridad y amor al prójimo.
C. Hacia las riquezas. Desprendimiento. La Nueva Biblia Española traduce este versículo así: "Dichosos los que eligen ser pobres". Los pobres en espíritu tienen una actitud hacia las riquezas de desprendimiento interior; el dinero no los ata ni determina su vida y conducta porque interiormente, en espíritu, son pobres.
El Sermón del Monte considera el dinero como uno de los mayores obstáculos para el discipulado (Mt 6:19-24; 8:18-22; 19:16-30, el joven rico). No es el dinero o las riquezas en sí lo que constituye un problema, sino el apego a ellas, el hacer de ellas el fin principal de la vida, un ídolo, un dios. No se puede servir a Dios y al dios de las riquezas (Mamón). Esto se practica como resistencia al imperio actual, que ha hecho de las posesiones el bien máximo: “Compro, luego existo”.
Por ello, se ha de cultivar un espíritu de pobreza, tenga uno dinero o no. Es lo que dice Pablo a los corintios:
Resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa. (1 Corintios 7:29-31).
En esto consiste la dicha de cultivar y vivir la pobreza en espíritu: es poseer ahora mismo el reino de los cielos. Es entrar en el ámbito que Jesús inauguró con su venida y que ahora podemos experimentar y manifestar en este mundo: “Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece”.
“Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Mateo 5:4)
La vida que es genuinamente cristiana, trae aparejado el sufrimiento por la causa del Señor (ver la octava bienaventuranza y Mt 10). Pero también es la empatía por el dolor ajeno, por el sufrimiento de los demás. Como decía el poeta: “Y por tu rostro sincero… y tu llanto por el mundo, porque sos pueblo te quiero” (Mario Benedetti).
Debemos ser instrumentos de Dios para aliviar el dolor y la miseria humana, aunque ello nos cause un hondo sufrimiento. Esa es nuestra vocación y misión. Eso significa ser cristiano ante poderes del mundo que son hostiles a la vida y causantes del sufrimiento de las grandes mayorías. La Iglesia está llamada a ser una comunidad terapéutica y sanadora, como lo fue Jesús. Él hizo presente el reino de los cielos en la vida de la gente y “anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10:38).Y nosotros somos llamados a hacer nuestro el sufrimiento del prójimo y hacer lo que debemos y podemos para aliviarlo. Eso significa llorar con los que lloran (Ro 12:14).
Jesús nos garantiza que recibiremos la consolación de Dios. Así es aquí y ahora porque en nosotros vive el Consolador, el Espíritu Santo, que “en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Ro 8:26).
“Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia” (Mateo 5:5)
La humildad o mansedumbre es la capacidad para acoger a los demás, para mirar al prójimo como igual, para relacionarnos con otros desde la misma posición de igualdad: “Unánimes los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Ro 12:16). No a partir de las etiquetas sociales, económicas o religiosas sino que, como pobres en espíritu, reconocemos y servimos al prójimo, lo soportarnos en amor (Ef. 4:2); y buscamos restaurar a quienes han caído en pecado (Ga.6:1) o que sufren porque otros pecan contra ellos y ellas; esa mansedumbre nos da fuerzas para resistir las provocaciones de la gente (Tito 3:2). Es, en pocas palabras, lo que mejor refleja el carácter de Jesús (Mt 11:29; 21:5). Jesús ilustró en sus relaciones con los demás lo que significa ser manso o humilde.
La promesa de Jesús es extraordinaria: “recibirán la tierra como herencia”. Es una recompensa que restaura la justicia en la tierra; los campesinos e indígenas que han perdido sus tierras, las poblaciones que han sufrido el despojo y la expulsión de sus casas, las víctimas de los muchos genocidios, recibirán la tierra como herencia. La justicia al fin prevalecerá aunque eso también nos compromete a luchar en esta vida por los que han perdido su tierra.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mateo 5:6)
El cristiano ha de estar caracterizado, como su Maestro, por un genuino interés y amor hacia sus semejantes, por una necesidad profunda, como el hambre y la sed, de que se haga justicia. Un amor que se manifiesta con actos concretos de misericordia hacia aquellos que están en necesidad, sea esta de la índole que sea; actos de justicia por los cuales restituye a su prójimo los derechos básicos que le pertenecen por voluntad divina: la comida, la vivienda, el trabajo, el compañerismo y un medio ambiente saludable.
El cristiano ha de estar caracterizado, como su Maestro, por un genuino interés y amor hacia sus semejantes, por una necesidad profunda, como el hambre y la sed, de que se haga justicia.
La promesa de Jesús es enorme: “Serán saciados”. Es decir, su anhelo por justicia será ampliamente satisfecho. No siempre tan rápido como quisiéramos, pero su promesa es firme. Y a menudo vemos cumplimientos de esta promesa en las realidades que vivimos.
“Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión” (Mateo 5:7)
Ser misericordiosos o compasivos es lo más importante de la ley, según las palabras mismas de Jesús (Mt 23:23). Ser misericordioso es responder con acciones concretas al imperativo divino: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Es evitar una religiosidad formalista (más preocupada por las formas y apariencias religiosas) y legalista (que valora más la obediencia a la ley y a las tradiciones que las necesidades humanas). Es vivir amando a los demás como Dios nos ama, como Jesús lo mostró en su vida.
Solo así, experimentaremos en nuestra vida la misericordia de Dios. En una de sus parábolas, Jesús ilustró ese principio. Si Dios nos muestra su amplia misericordia al perdonarnos nuestras deudas, inspirados por sus acciones, debemos perdonar a quienes nos deben (ver Mt 18:23-35).
La importancia de este mandamiento la expresa Jesús en la bienaventuranza que estamos estudiando. Son los misericordiosos los que alcanzarán misericordia. Ya vimos confirmado esto en la descripción del juicio final de Mateo 25. Son quienes han demostrado con acciones concretas su misericordia, quienes experimentarán en el último día la misericordia de Dios.
“Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)
¿Cómo es posible hablar de limpieza y santidad interiores en una sociedad que ha logrado plantar en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro corazón, altares a los ídolos más venerados de este mundo, el sexo, el dinero y el poder?
La Biblia nos enseña que el origen de todo mal se encuentra en el corazón humano. Los malos ejemplos y las estructuras de la sociedad, el mundo, estimulan y provocan al corazón.
Según las palabras de Jesús en Mateo 15:1-20, es “del corazón de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios y las blasfemias”. Su diagnóstico concuerda con la enseñanza bíblica que nos dice repetidamente que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn 6:5) y que “Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17:9).
En el sermón del monte, Jesús nos indica varios aspectos de nuestra vida donde se manifiesta la maldad de nuestro corazón, aun como creyentes. Es allí donde necesitamos cambiar; es allí donde debemos empezar la limpieza de nuestro corazón:
Ante nuestras ambiciones:
En Mateo 5:3 Jesús habla de los “pobres en espíritu”, es decir, de quienes interiormente, en su espíritu, viven libres de las ataduras que las posesiones materiales imponen sobre las personas. El problema no son las riquezas, sino nuestra actitud interior ante ellas. Por ello, más adelante, en 6:19-21, Jesús declara: “No os hagáis tesoros en la tierra (...) porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. ¿Cuáles son nuestras ambiciones más preciadas?
Ante las fantasías sexuales:
En Mateo 5:27-30, Jesús nos deja ver que el pecado no se manifiesta sólo por medio de nuestras acciones, sino que nace en nuestro corazón. Las fantasías sexuales, cuando las cultivamos y alimentamos, son pecado. El adulterio se consuma cuando empezamos a concebirlo en nuestro corazón. Sin embargo, una cosa es que pasen por nuestra mente pensamientos malos, y otra que los cultivemos. Lo primero no es pecado, lo segundo sí. Como alguien ha dicho, “no puedes evitar que los pájaros vuelen sobre tu cabeza, lo que sí puedes evitar es que hagan su nido en ella”.
Ante nuestras prácticas religiosas.
Hay dos pasajes en el evangelio de Mateo en los que Jesús nos enseña que aún en la práctica de nuestra religiosidad, podemos tener motivaciones e intenciones equivocadas. En 6:1-17 nos muestra que en prácticas tan piadosas como la limosna, la oración y el ayuno, podemos tener un corazón malo, es decir, motivaciones mezquinas que hacen que nuestra religiosidad sea desechada y condenada por Dios.
En los tres casos, la clave radica en para quién hacemos lo que hacemos, y por qué lo hacemos. Si lo hacemos para ser vistos por los demás, entonces ya tenemos nuestra recompensa: el elogio y las alabanzas humanas. Si lo hacemos para Dios, de Él vendrá nuestra recompensa. Las prácticas religiosas son también un asunto del corazón.
En 15:1-20, Jesús dice acerca de los religiosos israelitas: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”. La razón de este juicio severo es que las prácticas religiosas de los contemporáneos de Jesús estaban guiadas por sus tradiciones religiosas, por motivaciones equivocadas y no por la Palabra de Dios.
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9)
El shalom-paz creado por Dios en el principio se manifestaba en las relaciones armónicas que todas sus criaturas guardaban entre sí. Así podemos ver en Génesis 1 y 2 que el ser humano vivía en relación armoniosa con Dios, consigo mismo, con su prójimo (fundamento de la vida comunitaria) y con la creación (naturaleza). En esto consiste la paz, nuestra vocación.
Jesús como hacedor de la paz: Jesús como verdadero hombre es también el “príncipe de paz” (Is 9:6). Su obra redentora en la cruz tuvo como propósito restaurar la paz originalmente creada por Dios y destruida por el ser humano. Jesús hace posible que tengamos paz para con Dios reconciliándonos con él (Ro 5:1). Las buenas nuevas del evangelio de paz tienen como eje esta verdad fundamental. La reconciliación con Dios es el punto de partida indispensable para la restauración total del shalom de Dios.
La muerte de Jesús también restaura la paz en un sentido horizontal, reconciliándonos con nuestros semejantes. Es en ese sentido que Pablo nos dice que “Él es nuestra paz” (Ef 2:14). Si consideramos atentamente el contexto de esta afirmación, veremos que el apóstol está hablando de cómo una humanidad dividida y fragmentada a causa del pecado humano ha empezado a ser reunida en Jesucristo. Los dos grandes bloques en que estaba dividida la humanidad en los días de Pablo, judíos y gentiles, han sido “hechos cercanos por la sangre de Cristo” (ver Efesios 2:14-16).
La muerte de Jesús en la cruz tiene, además, una dimensión cósmica, ya que, también tiene como meta restaurar el shalom en toda su creación, en el universo (Col 1:20; Ef 1:10). Esto ya lo habían descrito algunos de los profetas (Is 2:2-3; 11:1-2; 32:16-18; 25:6; 58:6-7; 65:17-25; Mi 4:1-4; 6:8). Por ello, Pablo dice que “la creación gime y anhela la manifestación de los hijos de Dios, ya que ella será también liberada de la esclavitud de corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Ro 8:18-23).
Según estas palabras de Jesús, la paz-shalom es fruto del trabajo permanente de sus discípulos. Ellos son los que están empeñados en hacer la paz en todas las dimensiones que hemos considerado: Relaciones armónicas con Dios (evangelización), con el prójimo (responsabilidad social), consigo mismo (armonía interior) y con la creación. No podemos pretender que hacemos la paz en un área si descuidamos las otras. La paz es una, es integral. Y ella es nuestra responsabilidad.
Al hacer la paz los cristianos muestran su verdadera naturaleza, se humanizan. Manifiestan la imagen de Dios y demuestran que son seguidores del príncipe de paz. Por ello, es que serán llamados con todo derecho en el último día hijos de Dios.
Esta es la vocación fundamental de todo ser humano. Según la enseñanza y ejemplo de Jesús para los cristianos, este es un deber ineludible y parte integral de nuestra misión en el mundo. En la medida en que respondemos a este llamamiento divino encontramos la verdadera bienaventuranza, la genuina felicidad.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece” (Mateo 5: 10)
Existen razones para el rechazo que como cristianos sufrimos: nuestra conducta y valores cambian y la gente se siente amenazada y cuestionada por ellos; no hacemos lo que los demás hacen y ello empieza a afectar los intereses de otros; nuestra lealtad suprema se dirige a Dios y ello inquieta seriamente a quienes nos rodean.
Trabajar siempre por la justicia será un problema y acarreará oposición y persecución en un mundo injusto. Jesús así lo experimentó y pagó con su propia vida. Cuestionar la corrupción en las iglesias, los abusos de poder y el enriquecimiento ilícito, los abusos sexuales y la inmoralidad de los líderes, los despojos de la tierra, la explotación en el trabajo, la destrucción de bosques, la contaminación del aire, mares, ríos y mantos acuíferos siguen siendo causa de respuestas violentas que a menudo son toleradas y pasadas por alto por los poderosos de este mundo.
Así lo experimentaron los profetas, Juan el Bautista, Jesús y la iglesia primitiva. Su fe y lealtad a Dios y una ética firme siempre fueron molestas a quienes medraban del poder eclesiástico, político, social y económico. Vivir hoy con integridad los valores del reino de los cielos, resumidos en la justicia, provocará la reacción violenta de los amos de un mundo injusto y opresor.
Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes (Mateo 5:11-12).
Paradójicamente, Jesús nos señala que tal violencia debe ser causa de un profundo gozo porque es señal de que estamos en buena compañía, que estamos en la línea de muchísimos que han sufrido violencia por vivir como Dios espera de nosotros.
Himno para este día: Recomendamos el himno número 636, “Para andar con Jesús”, o bien el himno número 625, “Usa mi vida” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.