El evangelio de Mateo
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September 18, 2026

Este mes nos encontramos con la confrontación final de Jesús con los líderes religiosos de Israel. Estos comienzan cuestionando la autoridad de Jesús (21:23-27) y él les responde con tres parábolas: los dos hijos (21:28-32), los labradores malvados (21:33-46) y el banquete de bodas (22:1-14). En ellas, Jesús describe a la nación y su liderazgo como rebeldes que no han respondido al llamado de Dios. Los líderes, a su vez, le envían tres grupos con preguntas capciosas con la intención de hacerlo caer en su trampa, desprestigiarlo e incluso incriminarlo ante Roma: los fariseos (22:15-22), los saduceos (22:23-33) y un experto de la ley (22:34-40). Una vez que los ha callado, Jesús responde a la pregunta original y deja ver con claridad su autoridad divina (22:41-46).

Vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario: La autoridad de Jesús y la de los líderes religiosos de Israel (Mateo 21:23-32)

“Jesús entró en el templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. 

—¿Con qué autoridad haces esto? —lo interrogaron—. ¿Quién te dio esa autoridad?” (Mateo 21:23) 

En su semana final en Jerusalén, Jesús es confrontado por las autoridades religiosas de Israel, por los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. Los jefes de los sacerdotes eran un grupo reducido de sacerdotes que estaban en la cima de la jerarquía sacerdotal. Junto con los sumos sacerdotes, Anás y Caifás, estaban encargados de supervisar a otros sacerdotes en sus tareas en el templo. Eran el equivalente a los cardenales en la jerarquía católico-romana. Los ancianos, como representantes del pueblo, tenían también enorme autoridad como miembros prominentes del Sanedrín.

Este episodio pone de relieve la cuestión del poder. El poder institucional que ya ejercen estos líderes religiosos y el poder de Jesús, que, con sus acciones previas (entrada a Jerusalén y la expulsión del templo de los comerciantes) ha cuestionado la autoridad establecida, el status quo. Esto, además de sus enseñanzas y milagros. Es, pues, un choque de poderes, en el que la jerarquía del templo intentará desacreditar el poder y la autoridad de Jesús para restablecer el suyo, ya bastante desprestigiado.

Jesús ha entrado al templo y está enseñando a las multitudes. El contexto geográfico es clave para entender el pasaje: es en el templo, morada de Dios y lugar de encuentro de los adoradores con su Dios, donde Jesús es cuestionado y donde dará lecciones reveladoras de sí mismo y de la nación de Israel.

 —Yo también voy a hacerles una pregunta. Si me la contestan, les diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde procedía? ¿Del cielo o de la tierra?

Ellos se pusieron a discutir entre sí: Si respondemos: “Del cielo”, nos dirá: “Entonces, ¿por qué no le creyeron?”  Pero si decimos: “De la tierra” … tememos al pueblo, porque todos consideran que Juan era un profeta. Así que le respondieron a Jesús: 

—No lo sabemos. 

—Pues yo tampoco les voy a decir con qué autoridad hago esto (Mateo 21: 24-27).

 Como era común en los debates rabínicos, Jesús contesta a las preguntas de los líderes religiosos con otra pregunta acerca de Juan el Bautista. Es un asunto de autoridad, de poder. ¿Con qué autoridad practicaba Juan su bautismo, con la de Dios o la de los hombres?

Los jefes de los sacerdotes y los ancianos se niegan a responder. Y, en consecuencia, Jesús también. Pero les da tres parábolas que los expone y exhibe ante la gente, y ante ellos mismos.  

¿Qué les parece? —continuó Jesús—. Había un hombre que tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le pidió: “Hijo, ve a trabajar hoy en el viñedo”. “No quiero”, contestó, pero después se arrepintió y fue.  Luego el padre se dirigió al otro hijo y le pidió lo mismo. Éste contestó: “Sí, señor”; pero no fue.  ¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería? 

—El primero—contestaron ellos. 

Jesús les dijo: —Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas van delante de ustedes hacia el reino de Dios.  Porque Juan fue enviado a ustedes a señalarles el camino de la justicia, y no le creyeron, pero los recaudadores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron. E incluso después de ver esto, ustedes no se arrepintieron para creerle (Mateo 21: 28-32). 

Los dos hijos representan a quienes lo estaban oyendo. El primero, de acuerdo con la explicación de Jesús, está representado por los recaudadores de impuestos ylas prostitutasque en la escala moral y religiosa de la época estaban excluidos de la comunidad de la gente buena, de las buenas conciencias. Eran símbolo de la maldad, por ser colaboradores con el imperio romano (publicanos) o por su corrupción moral (las prostitutas) según los criterios de aquella sociedad. Unos y otras respondieron con fe y arrepentimiento al mensaje de Juan.

El segundo hijo representa a los líderes religiosos, que de labios confesaban su fe y obediencia a Dios, pero que en realidad no cumplían con su profesión de fe. “Dicen pero no hacen” (Mt 23:3), como poco después denunciará Jesús. Incluso después de contar con el ejemplo de los publicanos y las prostitutas. Estos y estás son quienes van delante de ellos hacia el reino de Dios.

De esta manera, Jesús deja claro que la respuesta que Dios espera de quienes escuchan el mensaje de Juan y de él mismo es la fe y el arrepentimiento. No importa cuán encumbrados estén en la jerarquía eclesiástica, ellos también deben volverse a Dios y dejar sus malos caminos.

El formalismo religioso de entonces y de ahora es cuestionado por Jesús. Dios, en su gracia, nos llama a un cambio tal de vida que muestre día a día que damos “frutos dignos de arrepentimiento” (Mt 3:8), como Juan el Bautista les había ya demandado a los líderes religiosos de Israel. 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 636, “Para andar con Jesús” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario: 

“El reino de Dios se les quitará a ustedes y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino” (Mateo 21: 33-46)

La intensidad de la denuncia de Jesús contra los líderes religiosos de Israel crece. En esta parábola, Jesús descubre la actitud del grupo de poder religioso y su actitud homicida hacia los mensajeros de Dios. Habían ya matado al Bautista y lo harían días después con Jesús.

Parábola de los campesinos homicidas

Escuchen otra parábola: Había un propietario que plantó un viñedo. Lo cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Luego arrendó el viñedo a unos labradores y se fue de viaje.  Cuando se acercó el tiempo de la cosecha, mandó sus siervos a los labradores para recibir de éstos lo que le correspondía. Los labradores agarraron a esos siervos; golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon a un tercero.   Después les mandó otros siervos, en mayor número que la primera vez, y también los maltrataron. 

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: “¡A mi hijo sí lo respetarán!”. Pero cuando los labradores vieron al hijo, se dijeron unos a otros: “Éste es el heredero. Matémoslo, para quedarnos con su herencia”.  Así que le echaron mano, lo arrojaron fuera del viñedo y lo mataron (Mateo 21: 33-39).

La imagen de la viña es usada ya desde el Antiguo Testamento para describir a Israel. Isaías 5:1-7 es clave para nuestro pasaje. Sin duda, los líderes religiosos lo conocían y lo pudieron interpretar correctamente (ver v. 45).

Cantaré en nombre de mi amigo querido una canción dedicada a su viña. Mi amigo querido tenía una viña en una ladera fértil.  La cavó, la limpió de piedras y la plantó con las mejores cepas. Edificó una torre en medio de ella y además preparó un lagar. Él esperaba que diera buenas uvas, pero acabó dando uvas agrias.

Y ahora, hombres de Judá, habitantes de Jerusalén, juzguen entre mi viña y yo.  ¿Qué más se podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Yo esperaba que diera buenas uvas; ¿por qué dio uvas agrias?

 Voy a decirles lo que haré con mi viña: Le quitaré su cerco, y será destruida; derribaré su muro, y será pisoteada. La dejaré desolada, y no será podada ni cultivada; le crecerán espinos y cardos. Mandaré que las nubes no lluevan sobre ella. La viña del Señor Todopoderoso es el pueblo de Israel; los hombres de Judá son su huerto preferido. Él esperaba justicia, pero encontró ríos de sangre; esperaba rectitud, pero encontró gritos de angustia (Isaías 5: 1-7). 

El pasaje de Isaías pone de manifiesto el cuidado extremo que Dios puso en su viña para que diera buenos frutos. Sin embargo, no lo hizo. En lugar de justicia (término clave en Mateo) produjo muerte; en lugar de rectitud, angustia.

En la parábola de Jesús, la respuesta de los campesinos o labradores, va en aumento. Golpean, matan y apedrean a los primeros siervos enviados. El segundo grupo de siervos, en mayor número que el primero, sufre la misma suerte. 

Finalmente, el propietario envía a su hijo, pensando que a él sí lo respetarán. Pero los viñadores lo matan, pensando que así se quedarán con la viña. Lo matan y lo echan fuera de la viña para que allí se lo coman las bestias.

Ahora bien, cuando vuelva el dueño, ¿qué hará con esos labradores? 

 —Hará que esos malvados tengan un fin miserable—respondieron—, y arrendará el viñedo a otros labradores que le den lo que le corresponde cuando llegue el tiempo de la cosecha (Mateo 21: 40-41).

La pregunta de Jesús, en una primera intención, pide a sus interlocutores su participación en la resolución de la parábola. Y ellos responden lo que era de esperarse: habrá una retribución y consecuencia de sus acciones. Y es a partir de la respuesta de los líderes judíos que Jesús los guía a ser sus propios jueces.

Les dijo Jesús:  —¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular; esto es obra del Señor, y nos deja maravillados?” (Mateo 21: 42).

La siguiente pregunta de Jesús es más bien retórica y cargada de sarcasmo. ¡Claro que ellos habían leído el texto del Salmo 118! Era uno de los textos mesiánicos que se estudiaban y leían en las sinagogas y en el templo. 

El texto, cambiando ahora la metáfora de la viña, habla de constructores que desechan una piedra como inútil, pero el Señor la convierte en piedra angular, la piedra clave de todo el edificio. Aquel a quien los “expertos” constructores de Israel han desechado, Dios lo ha hecho el eje del nuevo pueblo de Dios.

Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará a ustedes y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino. El que caiga sobre esta piedra quedará despedazado, y si ella cae sobre alguien, lo hará polvo (Mateo 21:43-44). 

Usando la misma sentencia que los sacerdotes, ancianos y fariseos acababan de pronunciar, ahora, de forma clara, Jesús anuncia el juicio que se les avecina a ellos. El reino les será quitado a Israel y Dios lo dará a las naciones (Mt 28:19), a la nueva comunidad de discípulos que no está limitada a una nación.

Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron las parábolas de Jesús, se dieron cuenta de que hablaba de ellos.  Buscaban la manera de arrestarlo, pero temían a la gente porque ésta lo consideraba un profeta” (Mateo 21:45-46).

Los líderes entendieron que la parábola estaba dedicada a ellos. Y su reacción es acabar con él. Lejos de arrepentirse, como lo acababa de decir Jesús en la parábola de los dos hijos (vv. 28-32, en especial el v. 32), ellos buscan la manera de arrestarlo. Podían haber reflexionado en la enseñanza de Jesús y tener un cambio de actitud. Pero ya estaban decididos a terminar con él.

La manera de tratar con Jesús es la violencia. En su enorme debilidad, usan el poder policial para acallar a quien ha cuestionado lo que dicen y hacen. Así fue con los profetas y el Bautista en el pasado, y será con Jesús y sus discípulos y apóstoles. Poco después, de manera directa, Jesús lo denunciará a los escribas y fariseos (23:29-36). 

 Las inquisiciones en la historia de la iglesia dan testimonio de la misma actitud de parte de los mismos cristianos, de una u otra denominación, católicos, protestantes, evangélicos y demás. No hemos aprendido a enfrentar las disidencias y recurrimos a la violencia institucional. Es necesario discernir la voz de Dios en los cuestionamientos y disputas doctrinales.  

Himno para este día: Recomendamos el himno número 225, “Cristo, firme fundamento” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario:

muchos son los invitados, pero pocos los escogidos (Mateo 22:1-14)

Jesús continúa su enseñanza y denuncia ante los líderes religiosos de la nación de Israel. Esta tercera parábola muestra la buena voluntad de Dios de llamar e invitar a todos y todas a la celebración de su reino. Pero son pocos los que responden afirmativamente. La mayoría se niegan a asistir. Ante la insistencia generosa del rey, la nueva respuesta de los invitados es ignorada e incluso se torna violenta. En consecuencia, el rey los castiga severamente y extiende su invitación a todo el mundo, aunque él escoge a los que no son aceptados.    

Parábola de los invitados al banquete de bodas

Jesús volvió a hablarles en parábolas, y les dijo: El reino de los cielos es como un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo.  Mandó a sus siervos que llamaran a los invitados, pero éstos se negaron a asistir al banquete.  Luego mandó a otros siervos y les ordenó: “Digan a los invitados que ya he preparado mi comida: Ya han matado mis bueyes y mis reses cebadas, y todo está listo. Vengan al banquete de bodas”.  Pero ellos no hicieron caso y se fueron: uno a su campo, otro a su negocio. Los demás agarraron a los siervos, los maltrataron y los mataron (Mateo 22:1-6).

La parábola contiene datos muy sugestivos para su mensaje. Es una parábola del reino de los cielos; el rey celebra la boda de su hijo y manda a sus siervos con la invitaciónPor lo que vemos más adelante, la invitación es originalmente enviada a personas prominentes, ricas. Es un enorme honor ser invitados por el rey al evento. Y esto choca con la primera respuesta de los invitados: “se negaron a asistir al banquete” (v.3).

En la segunda invitación, el rey añade datos que intentan persuadir a los invitados. Pasa por alto el primer agravio. Intenta persuadirlos de celebrar con él. Eso ya es poco usual en aquellos días. Les dice que es un gran banquete donde se ofrecerán suculentos alimentos. Esto muestra nuevamente la generosidad del rey y su insistencia en que respondan a su invitación. Los detalles de la comida muestran que el rey no ha escatimado nada para agasajar a sus invitados y así honrar a su hijo y a su prometida. Es una ocasión única e irrepetible y quiere que vengan al banquete.

 Nuevamente, los invitados se niegan a asistir y algunos se van a sus tareas y ocupaciones. Otros son extremadamente violentos y maltratan y matan a los siervos del rey. Sus acciones son inusitadas e incomprensibles. ¿Cómo es posible que asesinen a los mensajeros? Ante la generosidad del rey, contrasta la violencia extrema de los invitados. Nadie esperaría esa respuesta y por ello la historia toma un giro inesperado e intrigante.

El rey se enfureció. Mandó su ejército a destruir a los asesinos y a incendiar su ciudad.  Luego dijo a sus siervos: “El banquete de bodas está preparado, pero los que invité no merecían venir. Vayan al cruce de los caminos e inviten al banquete a todos los que encuentren”.  Así que los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que pudieron encontrar, buenos y malos, y se llenó de invitados el salón de bodas (Mateo 22:7-10).

Como era de esperarse, el rey reacciona enfurecido y manda a destruir a los asesinos e incendiar su ciudad. Otra alusión que sugiere la destrucción de Jerusalén, que Jesús anuncia poco después (Mt 24 y 25).

Luego viene una invitación abierta a todas las personas. Los siervos van al cruce de caminos a invitar a todos los que encuentrenAhora es gente pobre e insignificante económica o socialmente. Es una manera de decir que aquellos que se consideraban con el derecho y prerrogativa de asistir a la boda (Israel), serán sustituidos por otros menos dignos (las naciones). Los siervos cumplen con la orden del rey, invitan a todo tipo de personas y el salón de bodas se llena de invitados. 

Cuando el rey entró a ver a los invitados, notó que allí había un hombre que no estaba vestido con el traje de boda. “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje de boda?”, le dijo. El hombre se quedó callado.  Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Átenlo de pies y manos, y échenlo afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes”.  Porque muchos son los invitados, pero pocos los escogidos (Mateo 22:11-14).

Aunque parece contradictorio que el rey eche fuera a uno de los invitados que no lleva traje de boda, la nota sugiere que, si bien todos y todas son invitados a formar parte de la comunidad del reino, es necesario que cumplan con los requisitos del discipulado.

Así pues, la parábola nos recuerda lecciones fundamentales de aquellos días que siguen vigentes hoy. El llamado a la celebración del reino es, a la vez, una lección para quienes se sienten seguros de que, pase lo que pase, tienen su lugar seguro. No es así. 

Ser parte del reino requiere una respuesta de fe y obediencia a los requisitos del Señor y estos se deben mantener todo el tiempo. No hay lugar para la complacencia y el descuido. Es indispensable mantenerse siempre atentos a seguir al Señor en toda situación y pagar el costo del discipulado. 

Ser parte del reino requiere una respuesta de fe y obediencia. No hay lugar para la complacencia y el descuido. Es indispensable mantenerse siempre atentos para seguir al Señor en toda situación y pagar el costo del discipulado. 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 627, “Que mi vida entera esté” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Vigésimo noveno domingo del tiempo ordinario: 

Denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:15-22)

Ante las parábolas de Jesús, en las que denuncia la falta de arrepentimiento y fe en el Hijo de Dios por parte de los líderes de Israel, estos eligen a tres grupos de entre ellos, para ponerle trampas a Jesús y así incriminarlo. La primera trampa, de parte de los fariseos y herodianos, tiene un carácter político y social. La lección de Jesús apela a nuestras lealtades y nos cuestiona sobre el uso del dinero.

El pago de impuestos al césar

Entonces salieron los fariseos y tramaron cómo tenderle a Jesús una trampa con sus mismas palabras. Enviaron algunos de sus discípulos junto con los herodianos, los cuales le dijeron:  —Maestro, sabemos que eres un hombre íntegro y que enseñas el camino de Dios de acuerdo con la verdad. No te dejas influir por nadie porque no te fijas en las apariencias. Danos tu opinión: ¿Está permitido pagar impuestos al césar o no? (Mateo 22:15-17). 

La falsedad de fariseos y herodianos es evidente. Los fariseos eran un grupo muy influyente a nivel social de laicos legalistas y ortodoxos que guardaban celosamente la Torá. Los herodianos eran un grupo más bien político que apoyaba la dinastía de los Herodes y que estaba a favor del imperio romano, argumentando que así se guardaba el orden social.

Esta combinación de dos grupos con muy poco en común deja ver que, ante un enemigo común, son capaces de unir fuerzas para eliminarlo. 

 Las palabras con las que se dirigen a Jesús no podían ser más falsas. Pero ellas mismas los incriminan: “eres un hombre íntegro y que enseñas el camino de Dios de acuerdo con la verdad”. ¿Por qué, entonces, no le prestan atención?

“¿Está permitido pagar impuestos al césar o no?”. Su pregunta tiene que ver con el dinero y el poder de Roma que este representa. En el fondo, es una cuestión de lealtad y sumisión al poder representado por la moneda. La moneda representaba la opresión estructural que el imperio ejercía sobre sus súbditos. 

Si Jesús hubiera respondido a la pregunta positivamente, entonces lo habría hecho impopular ante una nación oprimida por Roma y sujeta a enormes y depredadores impuestos. Se calcula que una familia israelita pagaba entre el 40 y el 50% de impuestos a Roma.

Si hubiera dicho que no, entonces los herodianos podrían haberlo acusado de enemigo del imperio y de enseñar a la gente que no pagara impuestos. 

Conociendo sus malas intenciones, Jesús replicó: 

—¡Hipócritas! ¿Por qué me tienden trampas?  Muéstrenme la moneda para el impuesto. 

Y se la enseñaron. 

—¿De quién son esta imagen y esta inscripción? —les preguntó. 

 —Del césar—respondieron. 

—Entonces denle al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. 

  Al oír esto, se quedaron asombrados. Así que lo dejaron y se fueron (Mateo 22:18-22). 

Jesús les echa en cara su hipocresía y malas intenciones. Pero va al fondo del asunto para darles una lección fundamental. Les pide que le muestren la moneda del impuesto, un denario. 

En su pregunta, Jesús resalta una lección clave. La imagen era la de Tiberio César y la inscripción de la moneda decía en uno de sus lados (con abreviaciones): “Tiberio César Hijo divino augusto” (supremo). Del otro lado decía: “Pontífice máximo”. Todas las pretensiones del César y el imperio estaban allí plasmadas. César era hijo de Dios, supremo señor del imperio. La moneda plasmaba la propaganda oficial y representaba esa pretensión y el dominio real que tenía César sobre sus dominios, incluido Israel. César había hecho esas monedas. Usar la moneda llevaba implícitos la sumisión y reconocimiento de las pretensiones de César.

Para Jesús, el tema tiene que ver con nuestra lealtad última y el discernimiento de esa realidad en las decisiones cotidianas. La enseñanza previa de Jesús con respecto a nuestra relación con el dinero y su poder idolátrico ilumina este pasaje:

“Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mt 6:24).

La cuestión central es a quién servimos en el uso del dinero: a Dios o al dios de las riquezas (Mamón). ¿Quién tiene nuestra lealtad última? ¿A quién le dedicamos nuestros esfuerzos y vida cotidiana? 

La segunda parte de la respuesta de Jesús tiene que ver con la imagen. En el denario aparecía la imagen de César Tiberio. Pero el ser humano es imagen de Dios. Las monedas pertenecen a César; el ser humano, a Dios. 

Todo lo que César tiene de sus súbditos son sus monedas. Lo importante es que al dárselas a César en forma de impuestos, no le estemos dando nuestra lealtad y adhesión, como lo hacían e inculcaban los herodianos. Nuestro llamado es darle a Dios todo nuestro ser, portador de su imagen. Eso es lo que le debemos al Señor. Es lo que Jesús nos llama a darle a Dios.

Nosotros también vivimos en un sistema que sobrevive gracias al consumo desmedido de todas y todos nosotros. Es una estructura económica y política que vive gracias a que compramos cosas que no necesitamos. Y, como sucede en muchos países, nuestros impuestos son usados para mantener industrias militaristas y con frecuencia genocidas. Incluso, con frecuencia hay quienes hacen donaciones para apoyar causas asesinas contra países supuestamente terroristas. Debemos preguntarnos sobre el uso de nuestros recursos y a quién estamos sirviendo con ellos. 

La enseñanza de Jesús es clara. Debemos darle a Dios nuestra vida en su totalidad, lo cual incluye el uso de nuestras posesiones materiales.   

Himno para este día: Recomendamos el himno número 626, “Haz lo que quieras ” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.