El proyecto se desarrolló a lo largo de seis meses con un símbolo central que capturó la imaginación y la fe de los congregantes: un árbol de acerola.
“El propósito era que cada hermano pudiera reflejar su propio crecimiento espiritual a través del proceso de este árbol”, explicó el reverendo Ricartel R. Rivera Roldán, uno de los líderes del proyecto y pastor. “Durante cinco meses hablamos de la siembra, la poda, el trasplante, el crecimiento… y, finalmente, vimos la cosecha. Cerramos en junio con bautismos, que es la cosecha más grande que una iglesia puede tener”.
El simbolismo de la acerola
Preguntado sobre la elección del árbol de acerola, Rivera Roldán explicó que sus características lo convirtieron en una metáfora perfecta:
“La acerola fue elegida porque es un árbol fuerte, que no se muere fácilmente y que da fruto rápido. Eso nos permitió ver en poco tiempo el proceso de floración, crecimiento y cosecha, comparándolo con nuestra vida espiritual. Aprendimos que la flor debe morir para que nazca el fruto, así como nosotros debemos morir en ciertas áreas de nuestra vida para que Dios produzca fruto en nosotros”.
Una congregación transformada
La pastora Luz Omayra Gutiérrez de Jesús destacó que la intención del proyecto no se limitaba a una ilustración visual, sino que buscaba una experiencia integral de transformación.
“El propósito era involucrar a la iglesia en un proceso de renovación y crecimiento espiritual. La predicación ilustrativa se combinó con las artes —drama, danza y teatro— y con una adoración relevante para nuestro contexto. Fue un proceso de inmersión donde todas las generaciones participaron y se sintieron parte del desarrollo espiritual de la iglesia”.
La iniciativa también incluyó talleres de predicación, hermenéutica, homilética, medios de comunicación, proyección de voz, teatro y adoración. Gloria E. Castillo Fargas señaló que estos espacios fueron fundamentales:
“Los talleres nos capacitaron integralmente, y todo se integraba luego en la prédica y el servicio. Fue un proceso de enseñanza, práctica y ensayo que fortaleció a nuestros líderes y ayudó a descubrir nuevos talentos dentro de la congregación”.
Retos y aprendizajes
Como todo gran proyecto, no estuvo exento de desafíos. Rivera Roldán compartió con humor una anécdota del inicio.
“El primer día había viento y algunas paletitas con los nombres de los árboles se cayeron. Un hermano pensó que le habían robado su arbolito. Luego descubrimos que los pájaros ‘changos’ se estaban comiendo las acerolas, y una de las prédicas terminó titulándose: ‘No dejes que el chango se lleve tu fruto’. Fue un reto, pero también una gran enseñanza”.
La pastora Gutiérrez añadió que el mayor desafío fue el tiempo:
“Teníamos solo seis meses para evaluar las áreas de oportunidad de la iglesia e implementar cambios. Gracias a Dios, la congregación respondió con apertura. Pero el reto ahora es la continuidad. No queremos que esto sea algo pasajero, sino permanente”.
Comunidad y pertenencia
Uno de los logros más notables fue cómo el proyecto fomentó la unidad y el sentido de comunidad.
“El hecho de que los arbolitos permanecieran en la iglesia durante cinco meses motivó a los hermanos a llegar antes del culto para cuidarlos, abonarlos y regarlos”, dijo Rivera Roldán. “En lugar de salir corriendo después del servicio, se quedaban a compartir. Eso creó lazos porque no es lo mismo asistir a una iglesia que pertenecer a ella. Queremos que la gente se vea como familia”.
Esa visión se refleja en el lema de la iglesia: “Entramos para adorar y salimos para servir”.
Impacto en todas las generaciones
El efecto del proyecto se vio reflejado en todas las edades. Al concluir, se entrevistó a niños, jóvenes, adultos y personas mayores sobre lo aprendido.
“Escuchar a un niño de ocho años decir que debía podar las cosas que no agradaban a Dios para poder crecer fue un refrigerio para nosotros como pastores”, recordó Gutiérrez. “Ese niño entendió que pertenece a la iglesia y que tiene un propósito de servicio”.
El proyecto también trascendió las fronteras de Metrópolis. En julio, miembros de la iglesia viajaron a Santo Domingo para dirigir un campamento con dos congregaciones, donde impactaron a más de 130 niños y jóvenes.
“Fue un testimonio de dar por gracia lo que por gracia recibimos”, dijo Rivera Roldán.
Una bendición multiplicada
Al reflexionar sobre la experiencia, la pastora Gutiérrez expresó su gratitud por el crecimiento vivido.
“Qué maravilloso es el Señor. Puso el sueño en nuestro corazón y nos permitió fortalecer la predicación y la adoración de una manera que nunca habíamos imaginado. En pocos meses logramos cosas que solos no hubiésemos podido alcanzar”.
Castillo Fargas concluyó que lo aprendido seguirá guiando el futuro de la congregación.
“Ahora entendemos la importancia de seguir creciendo, capacitándonos y aplicando nuevas formas para alcanzar a todas las generaciones”.
La Iglesia Bautista de Metrópolis floreció con este proyecto no solo de manera simbólica con sus árboles de acerola, sino también en la formación de una comunidad más unida, preparada y comprometida con su misión de fe. Y aunque los frutos ya son visibles, los líderes aseguran que la verdadera cosecha apenas comienza.