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October 28, 2026

El regreso cierto de Jesús a este mundo es un llamado a estar preparados y vigilantes. Ya que no sabemos cuándo regresará, lo mejor que podemos hacer es cumplir con la misión que nos ha encomendado y manifestar en este mundo su amor y justicia para los marginados de la vida.   

Los pasajes para los sermones de este mes son parte del discurso escatológico de Jesús (Mateo 24 y 25) que se refieren al fin del mundo y su regreso final y triunfal. Ese contexto explica el carácter y la urgencia de las parábolas que Jesús usa para preparar a sus discípulos ante ese día crucial. 

La nota central de las enseñanzas de Jesús tiene que ver con estar preparados y preparadas cuando ese evento llegue. Cada parábola subraya un aspecto de dicha preparación y como pueblo de Dios haremos bien en atender a sus enseñanzas a fin de que estemos listos y listas cuando eso suceda. 

Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario: Ante la espera de la llegada del Señor, siempre debemos estar preparados (Mateo 25:1-13) 

El reino de los cielos será entonces como diez jóvenes solteras que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran insensatas y cinco prudentes. Las insensatas llevaron sus lámparas, pero no se abastecieron de aceite. En cambio, las prudentes llevaron vasijas de aceite junto con sus lámparas. Y como el novio tardaba en llegar, a todas les dio sueño y se durmieron. A medianoche se oyó un grito: “¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!”.  Entonces todas las jóvenes se despertaron y se pusieron a preparar sus lámparas.  

Las insensatas dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”. “No—respondieron éstas—, porque así no va a alcanzar ni para nosotras ni para ustedes. Es mejor que vayan a los que venden aceite, y compren para ustedes mismas”.  Pero mientras iban a comprar el aceite llegó el novio, y las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta. Después llegaron también las otras. “¡Señor! ¡Señor!—suplicaban—. ¡Ábrenos la puerta!”.  “¡No, no las conozco!”, respondió él. 

Por tanto—agregó Jesús—, manténganse despiertos porque no saben ni el día ni la hora (Mateo 25:1-13). 

La clave de esta parábola está en la frase “el novio tardaba en llegar”. Sin duda, refleja la inquietud de las iglesias primitivas por la tardanza de Jesús en regresar. Una de las expectativas de entonces era que Jesús regresaría en esa generación. Y el hecho de que no lo hiciera provocó entre los cristianos una actitud de cinismo, incredulidad y descuido de su vida cristiana. Había quienes se burlaban de esa esperanza cristiana; otros y otras dudaban que en realidad se fuera a cumplir, y muchos más simplemente pensaban que Jesús iba a tardar y bajaban la guardia con respecto a sus obligaciones éticas y misioneras. 

Esta parábola responde y nos alerta ante tales actitudes. El Señor sin duda regresará; pero cuando lo haga, ¿estaremos preparados para recibirle? 

La parábola, como muchas otras, se refiere a una práctica social bien conocida por los que la escuchaban. Se acostumbraba en las bodas que la novia esperara en su casa a que viniera el novio. Con la novia había un cortejo de damas que, cuando el novio se aproximaba, debían salir a recibirlo con lámparas para alumbrar el camino, iluminar su llegada y así llamar la atención de todo el pueblo a que el momento más importante de la celebración ya había llegado. Era costumbre que el novio tardara en aproximarse a la casa de la novia para aumentar la expectativa y el suspenso. Eso podía alargarse hasta bien entrada la noche.

Cuando finalmente el novio se ponía en marcha para ir a la casa de la novia, alguien anunciaba su venida y entonces las doncellas del cortejo debían salir a recibirlo con sus lámparas encendidas.

En la parábola de Jesús cinco de ellas eran insensatas y cinco prudentes. Los dos términos que las describen, en clave sapiencial, hacen eco a una enseñanza clave de Jesús: la necesidad de ser sabios y sabias ante la realidad de Jesús y sus enseñanzas. En particular, podemos referirnos a la conclusión del sermón del monte (Mt 7:24-27) donde Jesús usa los mismos términos prudente e insensato para referirse a las dos personas que construyeron sus casas, una sobre la roca y otra sobre la arena. Lo que marca la diferencia entre ambos es si oyen y hacen o no. Es la diferencia entre los hacedores y los oidores de la Palabra.  

Es el mismo caso en esta parábola. Ante la larga espera, todas las doncellas o vírgenes se quedan dormidas. La diferencia es que cuando finalmente se anuncia: “¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!”, las mujeres prudentes están preparadas con su aceite y las insensatas no. En ese momento, las insensatas inician su preparación y le piden a las prudentes que les den aceite. Estas, como mujeres sabias, se niegan y les dicen que vayan a conseguir su propio aceite, ya que de otra manera todas se quedarían sin aceite.

En ese momento las insensatas se van a buscar el aceite pero ya es demasiado tarde. El novio llega, es acompañado por las vírgenes prudentes a la casa de la novia donde se llevará a cabo la ceremonia y el festejo, y cuando entran se cierra la puerta. La fiesta empieza.

Después, llegan las insensatas y dado que la puerta está cerrada, empiezan a gritar y pedirle al novio que les permita entrar. Pero ya es demasiado tarde. Y el novio les dice desde dentro: “¡No, no las conozco!”.  Palabras similares a las que, hacia el final del sermón del monte, Jesús dice a quiénes son hacedores de maldad, pero que pretenden ser parte de sus discípulos: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí!” (Mt 7:23).

La exhortación final de Jesús es contundente: “Por tanto, manténganse despiertos porque no saben ni el día ni la hora”. 

Ya Jesús lo había dicho antes: Nadie sabe cuándo llegará el Señor. “Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24:36). Por más que queramos e intentemos adivinar el tiempo de su llegada (como muchos lo han hecho y siguen haciendo), el Señor vendrá cuando menos lo esperemos. Lo importante es que estemos listos y listas como las vírgenes prudentes. 

Hay predicadores a los que les encanta adivinar el día de la venida del Señor. Y así explotan la especulación y el miedo de la gente. La clave de la enseñanza de Jesús en esta parábola es que en todo momento debemos estar preparados. Esa debe ser nuestra preocupación y no pretender adivinar cuándo llegará. 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 348, “El Señor ya viene”  o bien el himno número 349, “Estoy listo si él me llama” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios. 

Trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario: Preparémonos para su venida cumpliendo nuestra tarea (Mateo 25:14-30) 

Parábola de las monedas de oro 

El reino de los cielos será también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les encargó sus bienes.  A uno le dio cinco mil monedas de oro, a otro dos mil y a otro solo mil, a cada uno según su capacidad. Luego se fue de viaje.  El que había recibido las cinco mil fue enseguida y negoció con ellas y ganó otras cinco mil.  Asimismo, el que recibió dos mil ganó otras dos mil.  Pero el que había recibido mil fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 

Después de mucho tiempo volvió el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos. El que había recibido las cinco mil monedas llegó con las otras cinco mil. “Señor—dijo—, usted me encargó cinco mil monedas. Mire, he ganado otras cinco mil”.  Su señor le respondió: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”.  Llegó también el que recibió dos mil monedas. “Señor—informó—, usted me encargó dos mil monedas. Mire, he ganado otras dos mil”.  Su señor le respondió: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”.

Después llegó el que había recibido solo mil monedas. “Señor—explicó—, yo sabía que usted es un hombre duro, que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido.  Así que tuve miedo, y fui y escondí su dinero en la tierra. Mire, aquí tiene lo que es suyo”.  Pero su señor le contestó: “¡Siervo malo y perezoso! ¿Así que sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido?  Pues debías haber depositado mi dinero en el banco, para que a mi regreso lo hubiera recibido con intereses. 

“Quítenle las mil monedas y dénselas al que tiene las diez mil. Porque a todo el que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil échenlo afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Mateo 25:14-30). 

Esta parábola complementa la anterior y nos deja ver que la preparación para el regreso del Señor consiste en cumplir con el deber que el Señor nos ha encomendado. Los discípulos de Jesús no deben estar ociosos incluso ante el hecho de que el Señor venga después de mucho tiempo (v. 24). Cumplir con la misión que nos ha encargado es la mejor manera de estar preparados.

Nuevamente, Jesús ilustra su enseñanza con una práctica común en sus días. El amo de una hacienda emprende un largo viaje y les encarga a sus siervos que se ocupen de sus bienes y los hagan prosperar.

Les reparte a tres de ellos su dinero, a cada uno según su capacidad, para que lo administren. A uno le entrega cinco mil monedas de oro, a otro dos mil y a otro mil. Y entonces emprende su viaje.

Los dos primeros hacen negocio con lo que recibieron y lo duplican. El tercero entierra en la tierra las mil monedas. Cuando regresa el Señor, después de mucho tiempo, llama a sus siervos para hacer cuentas con ellos.

El primero reporta con satisfacción que ha duplicado lo que recibió. De la misma manera el segundo. A ambos, el Señor los describe como siervo bueno y fiel. Términos que describen cualidades centrales de los discípulos confianza y fidelidad. Son personas en quienes se puede confiar porque son fieles y diligentes. 

Pero el tercero le regresa al Señor lo que recibió, diciéndole que lo enterró, pues sabía lo severo que era el Señor. El Señor le califica como malo y perezoso. Lo contrario de los dos anteriores.  

Los primeros dos escuchan de su Señor estas palabras: “En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”. Ellos habían recibido solo una parte de los bienes de su señor y los habían multiplicado. Fueron puestos a prueba y mostraron su fidelidad y diligencia. Ahora podrán administrar mayores riquezas y participarán de la felicidad de su señor. 

El tercero es reprendido y echado fuera de la hacienda del señor donde sufrirá lo indecible. Ya no participará de la prosperidad de su señor y estará destinado a una vida de mendicidad. El dinero que había recibido será dado al primero, “porque a todo el que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia” (v. 29). Un principio del reino que debe ser una llamada de atención a nuestra indolencia y pereza. 

La parábola nos debe hacer pensar en lo que hemos recibido del Señor, dones, talentos y tareas, y hemos de preguntarnos qué estamos haciendo con ellos. ¿Los enterramos sin usarlos o los usamos para que se multipliquen en la vida de otras personas? 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 625, “Usa mi vida”, o bien el himno número 623, “Jesús, yo he prometido” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Reino de Cristo: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:31-46) 

 En esta parábola sobre el juicio final, Jesús nos recuerda su mandato central y el corazón de la ética cristiana: el amor al prójimo. En todo el evangelio de Mateo (como en los otros evangelios), la enseñanza reiterada de Jesús es que hemos de mostrar con acciones concretas la demanda central de su reino: amar a todas las personas sin distinción alguna. Jesús lo enseñó y modeló con su vida y ministerio. 

 

 La mejor forma de prepararnos para el momento de rendir cuentas ante el Señor es imitar a Jesús en su amor al prójimo.  

Las ovejas y las cabras 

 

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda (Mateo 25:31-33). 

En el acto final y culminante de su reino, Jesús juzgará a todas las naciones. Y en ese juicio, las separará en dos grandes bloques: ovejas y cabras. 

Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber?  ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos?  ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?”. El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:34-40). 

Las ovejas representan a quienes el Padre ha bendecido; personas que recibirán su herencia, que es “el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

 La clave de esa descripción se encuentra en sus acciones a favor de quienes carecen de lo más elemental para la vida: comida y bebida, ropa, un techo, salud, compañía. Es la gente hambrienta, inmigrante, enferma, encarcelada. Son quienes se encuentran hasta abajo en la escala social, personas que sufren la violencia de los poderosos y que han sido estigmatizadas por la sociedad. Sufren por los pecados de otros. Son quienes viven al margen de nuestras sociedades y a quienes los de arriba (ricos y poderosos) les dejan caer las migajas de sus abundantes mesas, después de explotarlos. Con prácticas asistencialistas muestran su filantropía hacia ellas, aunque antes ya han acumulado y monopolizado los bienes que debían ser de todas las personas.  

Para Jesús, las acciones de sus discípulos a favor de los condenados de la tierra son actos de justicia y amor. Es el reconocimiento de que todo ser humano tiene un valor y dignidad únicos por ser creado a la imagen de Dios. En consecuencia, como discípulo, reconoce su situación y actúa a su favor para devolverle lo que Dios ha determinado que le pertenece, y no lo hace con una actitud de condescendencia, sino como un acto de justicia, restaurando a toda persona lo que requiere para vivir con dignidad y libertad. Esa es la mejor manera de reconocer la presencia de Jesús en este mundo, encontrándolo en el hambriento, en quien no tiene hogar ni ropa, en el enfermo y en el preso: “todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”. 

Y las acciones de los discípulos de Jesús brotan del amor. Un amor que levanta y dignifica, que se solidariza con las víctimas del sistema y busca cambiar las condiciones que han hecho posible la situación inhumana en que las grandes mayorías viven. Como lo hizo Jesús.

Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”.  Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?”.  Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”. Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna (Mateo 25:41-46). 

Quienes son indiferentes y carentes de humanidad para reconocer el valor y dignidad de las personas pobres a su alrededor, de las víctimas de la violencia de los amos del mundo, tienen también un destino seguro. Vivirán por siempre en la peor compañía porque no pudieron reconocer la presencia de Jesús en el necesitado. Quizás eran creyentes y en el templo cantaban los más hermosos himnos y elevaban sentidas oraciones. Pero en su vida social justificaban la pobreza de las personas diciendo que eran perezosas y que si trabajaban podrían remediar su situación. Algunos incluso justifican la marginación de muchas personas por su color de piel u origen étnico. Incluso hay personas religiosas que justifican la situación de otras personas por su moralidad: “se lo merecen por ser pecadores”. Otros hoy día tienen la capacidad de acabar con poblaciones enteras por medios militares, económicos (embargos) y políticos. 

Todas estas personas no han sido capaces de reconocer la presencia de Jesús en la persona que sufre. Y por ello, sufrirán las consecuencias de su ceguera. 

 

 Que Dios nos ayude a ser como Jesús en su amor a todas las personas y a reconocer su presencia en quienes sufren en este mundo. 

    

Himno para este día: Recomendamos el himno número 240, “Cuando el pobre nada tiene”,  o bien el himno número 616, “Hazme un instrumento de tu paz” del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.

Primer domingo de Adviento: La esperanza engendra la vigilancia y nos mantiene preparados (Mateo 24:36-44) 

Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. La venida del Hijo del hombre será como en tiempos de Noé. Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada. 

Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor.  Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada.  Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen (Mateo 24:36-44).  

 En este primer domingo de Adviento, el tema central es la esperanza. Nuestro pasaje para este día nos recuerda que la esperanza no es espera ociosa, sino que ha de ser vigilante. Así estaremos listos y preparados cuando el Señor venga. 

Ante la imposibilidad de saber el día y la hora, Jesús nos recuerda lo que sucedió en los días del diluvio. La gente vivía su vida normal, ocupada en las tareas regulares de toda persona: trabajar, comer, casarse. Lo cual, en sí, no es malo. El problema es la pérdida de conciencia de lo que se aproxima inevitablemente. Se nos ha dicho, se nos ha anunciado y preferimos ignorarlo, para nuestro propio daño. Sabemos lo que ha de venir, pero no le hacemos caso.  

 

 La enseñanza de Jesús es clara: “manténganse despiertos o vigilantes”. Es como un vigía que tiene como tarea estar atento, mientras la población duerme, a los peligros que pueden caer sobre ella. Su tarea es vigilar y prevenir a los demás de lo que les amenaza. 

 

 Así, el discípulo de Jesús que sabe que el Señor puede venir cuando menos se lo espera, está siempre preparado cumpliendo con la tarea que el Señor le ha encomendado (las piezas de plata) y mostrando amor y actuando con justicia a favor de y con los pobres de la tierra. ¡Que el Señor nos ayude a estar siempre vigilantes!     

 

Himno para este día: Recomendamos el himno número 636, “Para andar con Jesús”,  o bien el himno número 625, “Usa mi vida”, del himnario Santo, Santo, Santo. Cantos para el pueblo de Dios.